e-issn 2227-6513 santiago, 166, 2025
Artículo de Investigación
El altar invertido: subversión de la religión y poder simbólico en Civilizaciones de Laurent Binet
The Inverted Altar: Subversion of Religion and Symbolic Power in Laurent Binet's Civilizations
O Altar Invertido: Subversão da Religião e Poder Simbólico em Civilizações de Laurent Binet
Valentin Lingua Amorelli*1, ORCID: https://orcid.org/0009-0009-4833-8629
Gladys Erminia Paredes Bonilla2, ORCID: https://orcid.org/0009-0005-6016-2380
Liuvan Herrera Carpio3, ORCID: https://orcid.org/ 0000-0001-8593-9778
1 Universidad Nacional de Salta, Argentina
2,3Universidad Nacional de Chimborazo, Ecuador
*Autor para correspondencia: valenlingua17@gmail.com
RESUMEN
El siguiente trabajo propone una lectura crítica de la novela Civilizaciones (2019) de Laurent Binet. De este modo se pone el foco en la inversión de los sistemas religiosos como estrategia de cuestionamiento a las categorías de civilización y barbarie. Mediante el recurso de la ucronía, se examina cómo Binet subvierte la centralidad del cristianismo para dar paso a una reconfiguración de las relaciones entre religión, poder y cultura. El estudio parte del reconocimiento de la religión como estructura simbólica y política que legitima jerarquías sociales, siguiendo los planteamientos de Durkheim, Eliade y Mignolo, y la analiza como tecnología de poder capaz de articular y naturalizar formas de dominación.
El trabajo sostiene que la novela construye una “inversión civilizatoria”: el cristianismo, históricamente asociado al progreso y la racionalidad, aparece como superstición primitiva. Por el contrario, las religiones andinas y nórdicas adquieren una función ordenadora y civilizadora. Este desplazamiento revela el carácter contingente y político de toda religión. De este modo, se establece que ninguna creencia es intrínsecamente civilizadora o bárbara, sino que su valoración depende del contexto histórico y del discurso que la sostiene.
En relación con lo anterior, se aborda el sincretismo religioso como espacio de negociación simbólica. Puesto que las deidades americanas y europeas coexisten resignificandose y mostrando una visión plural del poder espiritual. En síntesis, el trabajo demuestra que Civilizaciones no sólo reescribe el relato histórico. Por el contrario, desarticula los mitos fundacionales de Occidente al exponer su construcción ideológica.
Palabras clave: Religión, civilización, ucronía, poder simbólico, decolonialidad
Abstract
The following paper offers a critical reading of Laurent Binet's novel Civilizations (2019). It focuses on the inversion of religious systems as a strategy for questioning the categories of civilization and barbarism. Using the device of alternate history, it examines how Binet subverts the centrality of Christianity to make way for a reconfiguration of the relationships between religion, power, and culture. The study starts from the recognition of religion as a symbolic and political structure that legitimizes social hierarchies, following the approaches of Durkheim, Eliade, and Mignolo, and analyzes it as a technology of power capable of articulating and naturalizing forms of domination.
The work argues that the novel constructs a “civilizational inversion”: Christianity, historically associated with progress and rationality, appears as primitive superstition. On the contrary, Andean and Nordic religions acquire an ordering and civilizing function. This shift reveals the contingent and political nature of all religions. Thus, it is established that no belief is intrinsically civilizing or barbaric, but rather that its value depends on the historical context and the discourse that sustains it.
In relation to the above, religious syncretism is addressed as a space for symbolic negotiation. Since American and European deities coexist, they take on new meanings and show a pluralistic vision of spiritual power. In summary, the work demonstrates that Civilizations not only rewrites the historical narrative. On the contrary, it dismantles the founding myths of the West by exposing their ideological construction.
Keywords: Religion, civilization, uchronia, symbolic power, decoloniality
Resumo
Este artigo oferece uma leitura crítica do romance Civilizações (2019), de Laurent Binet. O foco recai na inversão dos sistemas religiosos como estratégia para questionar as categorias de civilização e barbárie. Através do recurso da história alternativa, examina-se como Binet subverte a centralidade do cristianismo para abrir caminho a uma reconfiguração das relações entre religião, poder e cultura. O estudo parte do reconhecimento da religião como uma estrutura simbólica e política que legitima hierarquias sociais, seguindo as abordagens de Durkheim, Eliade e Mignolo, e a analisa como uma tecnologia de poder capaz de articular e naturalizar formas de dominação.
O artigo argumenta que o romance constrói uma “inversão civilizacional”: o cristianismo, historicamente associado ao progresso e à racionalidade, surge como superstição primitiva. Em contrapartida, as religiões andinas e nórdicas adquirem uma função ordenadora e civilizadora. Essa mudança revela a natureza contingente e política de toda religião. Assim, estabelece-se que nenhuma crença é inerentemente civilizadora ou bárbara, mas sim que seu valor depende do contexto histórico e do discurso que a sustenta.
Nesse contexto, o sincretismo religioso é abordado como um espaço de negociação simbólica. Uma vez que divindades americanas e europeias coexistem, elas são reinterpretadas, revelando uma visão pluralista do poder espiritual. Em suma, a obra demonstra que Civilizações não apenas reescreve a narrativa histórica, mas, ao contrário, desmantela os mitos fundacionais do Ocidente ao expor sua construção ideológica.
Palavras-chave: Religião, civilização, história alternativa, poder simbólico, decolonialidade
Recibido: 9/11/2025 Aprobado: 2/12/2025
Introducción
La conquista de América por parte de los europeos es –probablemente– el hecho de mayor relevancia dentro de la historia universal. En más de 4000 años de existencia del hombre sobre la tierra no se había presenciado un evento, o más bien un proceso, de tales dimensiones. No es equivocado decir que dicho proceso constituye el choque de dos mundos, un choque que no ha de repetirse nunca más en la historia.
Lo anterior se sostiene sobre la siguiente base; desde una mirada eurocéntrica, los demás continentes eran conocidos por los europeos. Es decir, a pesar de no sostener un contacto directo, los habitantes de europa conocían la existencia de Africa y de Asia por lo tanto los contactos no requerían una definición de ellos mismos ni de los otros.
Al entrar en contacto con un territorio inexistente –desde su perspectiva y conocimientos– el europeo vio su cosmovisión tambalearse. Esto llevó a dos circunstancias, primero establecer una definición del otro, ¿que era el otro? ¿era humano? ¿era hombre? ¿que era? En derivación a esta definición el europeo se comenzó a construirse asimismo –casi de manera inconsciente, lo cual llevó a la consideración de nuevos conceptos.
En esa construcción paralela de identificar al otro y de identificarse a él mismo el europeo constituye uno de los ejes principales del pensamiento occidental. Este si bien ya estaba presente, se reafirmó y se resignificó en este periodo histórico. De este modo el europeo dió pie a una de las dicotomías más significativas de la historia contemporánea, civilización/barbarie.
Civilización es un término complejo el cual –al igual que muchos otros– podría decirse se construye y define por contrastes de oposición. En otros términos, la civilización es aquello que no es barbarie. Esta conceptualización, ha permanecido en el imaginario colectivo de latinoamérica y ha suscitado múltiples cuestionamientos a los nativos de estas tierras. En ese marco de cuestionamientos, la sociedad latinoamericana –a pesar de su heterogeneidad– comparte un aspecto único, la marginalidad de su propio relato, de su propia historia.
La conquista de América se argumentó desde una tesis cuestionable pero ciertamente magnífica en términos de estrategia. Aquello que no es civilización debe ser erradicado y en su lugar debe construirse civilización, estos pueblos sin lengua escrita, sin cristianismo, sin ropaje adecuado no pueden ser civilizados ergo, deben ser eliminados. Los años de conquista han quedado atrás y en esas tierras nacieron nuevas identidades producto de un proceso que no solamente involucra violencia sino también un productivo sincretismo.
No obstante, a pesar de nuestra nueva identidad en el pueblo latinoamericano existe una especie de “melancolía”. Es decir, un grueso porcentaje observa las civilizaciones precolombinas con nostalgia y con anhelo. Asimismo, –y parte del cuestionamiento anteriormente mencionado– esta mirada tiene grandes medidas de orgullo. El lationamericano, observa que las sociedades precolombinas no eran bárbaras sino simplemente diferentes a sus conquistadores.
Ese marco que conjuga cuestionamiento con orgullo resulta fértil para las fabulaciones. Probablemente, muchos de los latinoamericanos se hayan realizado –o hayan preguntado a amigos– alguno de los siguientes cuestionamientos ¿Cómo sería nuestra tierra si los españoles no hubiesen llegado? Habrá incluso quienes vayan más allá en su ficcionalidad personal y se pregunten: ¿Y si los aztecas o incas hubiesen llegado primero a Europa y los hubiesen conquistado?
Esa última pregunta obtiene un intento de respuesta en la novela Civilizaciones de Laurent Binet. La novela arriesgada en sí por términos históricos nos presenta la siguiente situación: 1531: Atahualpa se presenta en la España del emperador Carlos V para encontrarse con la Inquisición y el milagro de la imprenta, pero también con una monarquía exhausta por las constantes guerras, la amenaza permanente de los infieles y lo que es aún más preocupante, con pueblos a los que el hambre puede llevar al límite de la revuelta. En pocas palabras: los aliados que Atahualpa necesita para construir su imperio.
En relación con lo anterior, pueden señalarse dos cosas: primero la ironía que la novela haya sido escrita por un autor francés y no uno lationamericano; segundo la productividad que puede presentar una ucronía como esta para el cuestionamiento de ciertos conceptos y de pensamientos históricos.
De los dos aspectos señalados anteriormente, el presente trabajo ha de centrarse en el segundo. La novela presenta múltiples cuestionamientos a diferentes conceptos, del mismo modo que presenta múltiples temáticas a analizar. No obstante, se ha optado por analiza precisamente la inversión de la concepción religiosa.
La elección de dicho tema corresponde a la inscripción de un tema aún más general, el cuestionamiento al concepto de civilización. Dentro del propio concepto de civilización la religión toma lugar como un elemento constitutivo. En otros términos, ha de considerarse civilización a una sociedad compleja que tenga la siguiente lista de elementos: estructuras de poder (políticas, jurídicas y administrativas); economía y comercio; división social y jerarquía, lenguaje y escritura; cultura arte y conocimiento; tecnología e innovación; y por último, religión y creencias organizadas. (G. Childe: 1950, Siddique, S.:2020)
Entonces, la religión se presenta como uno de los aspectos que se ponen en entredicho al momento de cuestionar la civilización. En consideración de eso puede observarse que la novela aquí trabajada subvierte la concepción cristiana de “civilización” y propone un escenario donde las religiones no cristianas se vuelven fuerzas civilizadoras.
En línea con lo anteriormente propuesto, el trabajo de aquí en adelante buscará responder a un cuestionamiento clave respecto a la hipótesis enunciada previamente, a saber: ¿Cómo y con qué finalidad Binet, invierte los sistemas religiosos en el relato?
El análisis de Civilizaciones de Laurent Binet requiere, en primer lugar, situar las categorías teóricas fundamentales sobre las cuales se articulará la interpretación. Entre ellas destacan las nociones de civilización, religión y poder, así como el concepto de ucronía como recurso literario. Estas categorías permitirán aproximarse a la obra desde una perspectiva crítica que cuestione las narrativas hegemónicas y explore las implicancias de la inversión religiosa propuesta por el autor.
Metodología
La noción de civilización y sus elementos constitutivos
La civilización, entendida como forma compleja de organización social, ha sido definida desde distintos enfoques a lo largo de la historia. V. Gordon Childe (1950) propone un marco seminal al identificar diez criterios para reconocer una civilización: urbanización, especialización del trabajo, producción de excedentes, arquitectura monumental, clases sociales, escritura, desarrollo científico, arte monumental, comercio a larga distancia y organización estatal. Según Childe (1950), estos elementos configuran un sistema interdependiente que no sólo estructura la vida material de un pueblo, sino también sus expresiones simbólicas y religiosas.
En sintonía con esta perspectiva, Siddique (2020) destaca que la religión constituye un eje esencial de toda civilización, en tanto organiza la cosmovisión colectiva y legitima las instituciones políticas y sociales. Esto coincide con la afirmación de Émile Durkheim (1912), para quien la religión es “un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas” que confiere cohesión a la comunidad (p. 47). En otras palabras, la religión no debe entenderse como un fenómeno aislado, sino como un elemento constitutivo de las estructuras de poder y del imaginario colectivo.
Religión y poder: una mirada crítica
Desde la perspectiva de Mircea Eliade (1957), lo sagrado no solo orienta la vida espiritual, sino que “estructura el espacio, orienta el tiempo y confiere sentido a la existencia humana” (p. 32). Sin embargo, la crítica contemporánea ha subrayado cómo la religión también puede funcionar como un dispositivo de dominación. Edward Said (1978), en Orientalismo, argumenta que las representaciones religiosas han sido históricamente instrumentalizadas por Occidente para consolidar la superioridad cultural y política frente a los pueblos colonizados (p. 45).
Walter Mignolo (2007) aporta a esta discusión desde el pensamiento decolonial, señalando que “la matriz colonial del poder” articula religión, economía y conocimiento para mantener la jerarquía entre centros y periferias (p. 73). Estas aproximaciones resultan pertinentes para analizar cómo Civilizaciones subvierte la centralidad del cristianismo y plantea nuevas relaciones entre religión y poder.
La ucronía como recurso literario
La ucronía, entendida como la construcción de una historia alternativa a partir de un punto de divergencia, es el recurso que estructura la narrativa de Binet. Según Hayden White (1973), toda historiografía contiene un componente narrativo, pues “la escritura de la historia se basa en estrategias de emplazamiento y en una implicación ideológica” (p. 5). En este sentido, la ucronía no solo permite explorar posibilidades imaginarias, sino que también desestabiliza los relatos oficiales del pasado, evidenciando su carácter construido.
En Civilizaciones, la ucronía de Binet invierte el relato eurocéntrico de la conquista para interrogar los conceptos de civilización y barbarie. Tal inversión, como afirma Roland Barthes (1957/1972), puede ser leída como una distorsión deliberada del mito histórico: “la mitología no oculta nada: su función es distorsionar, no hacer desaparecer” (p. 250).
Consideraciones metodológicas
El presente análisis se inscribe en el campo de la crítica literaria con un enfoque interdisciplinario que articula estudios poscoloniales, filosofía de la historia y teoría del mito. La metodología adoptada consiste en una lectura analítica que atiende tanto al discurso narrativo como a las implicancias simbólicas de la inversión religiosa en la novela. Se combinará un enfoque hermenéutico, para desentrañar los significados internos del texto, con un marco teórico crítico que permita situar las estrategias narrativas de Binet en un contexto histórico e ideológico más amplio.
Resultados y discusión
La religión como estructura de poder
La religión ha sido históricamente una de las instituciones más determinantes para la configuración de las civilizaciones, no solo como expresión de la espiritualidad, sino como un sistema que regula la conducta social, legítima jerarquías y articula el poder político. Según Émile Durkheim (1912), la religión es “un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas” que organiza y cohesiona a los individuos dentro de una comunidad (p. 47). En este sentido, lo sagrado no se limita a lo espiritual, sino que constituye la base simbólica sobre la que se construyen instituciones políticas, económicas y culturales.
Mircea Eliade (1957) amplía esta perspectiva al señalar que lo sagrado “estructura el espacio, orienta el tiempo y confiere sentido a la existencia humana” (p. 32). Desde esta óptica, el poder religioso no solo orienta la vida cotidiana, sino que crea un orden cosmológico que legitima las diferencias de clase, género y etnia. La religión, por tanto, es inseparable de las relaciones de poder: produce símbolos, rituales e instituciones que naturalizan la autoridad y subordinan a los grupos dominados.
En la crítica poscolonial, autores como Edward Said (1978) y Walter Mignolo (2007) subrayan cómo las religiones hegemónicas –en especial el cristianismo en el contexto europeo– fueron instrumentalizadas para justificar la colonización, la esclavitud y la supresión de culturas “otras”. Said (1978) observa que “las representaciones religiosas son herramientas de dominio cultural, que moldean la percepción del ‘otro’ y consolidan la superioridad occidental” (p. 45).
En Civilizaciones de Laurent Binet, la inversión ucrónica del proceso de colonización europea propone un escenario donde las religiones no cristianas asumen el rol civilizador y el cristianismo se convierte en una superstición marginal. Esta subversión narrativa permite examinar cómo la religión, como estructura de poder, moldea el destino de los pueblos.
Por un lado, la llegada de Atahualpa a España introduce el culto solar como nueva fuerza hegemónica. La religión del Sol no solo sustituye al cristianismo en las prácticas rituales, sino que se convierte en el pilar de un nuevo orden político y social. En palabras del propio texto: “La vieja religión era cruel y dañina para el espíritu [...] pero la religión del Sol es justa y buena y ecuánime” (Binet, 2019, p. 214). Este pasaje revela cómo la imposición de un nuevo sistema religioso no solo reconfigura la espiritualidad europea, sino también las estructuras de autoridad, desplazando al clero cristiano e instaurando una teocracia andina.
Asimismo, Binet retrata al cristianismo como una superstición primitiva incapaz de articular un proyecto político sólido. Un ejemplo notable aparece en la descripción de la eucaristía:
“…los levantinos eran invitados por su sacerdote a comer una pequeña tortita blanca y a beber un trago de elixir oscuro. Por un prodigio de la imaginación… creían que se trataba realmente de la sangre y la carne de su dios” (Binet, 2019, p. 153).
Este tratamiento paródico del cristianismo revela la intención crítica del autor: desmontar la naturalización del cristianismo como religión “civilizadora” y mostrar cómo toda religión puede ser instrumentalizada como mecanismo de dominación cultural.
Por último, la novela introduce elementos de sincretismo religioso, como la fusión de deidades nórdicas y americanas: “Freydis depositó un martillo sobre el vientre de la estatua de Chac. Le dijo al jarl que ella conocía muy bien a ese dios bajo el nombre de Thor” (Binet, 2019, p. 57). Aquí, la religión se presenta como un campo dinámico de negociaciones culturales, donde el poder se disputa no solo mediante la guerra o la economía, sino a través del control de los símbolos y las prácticas rituales.
Los dioses cambian de forma porque son imágenes
del hombre, y el hombre nunca permanece igual.
— Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano
El paganismo nórdico como motor cultural
La religión, como ya se ha señalado, constituye uno de los pilares fundamentales de toda civilización. Su función excede lo puramente espiritual y se adentra en terrenos políticos, económicos y culturales, organizando el comportamiento colectivo y otorgando sentido a las estructuras sociales. Tal como plantea Eliade (1957), lo sagrado “estructura el espacio, orienta el tiempo y confiere sentido a la existencia humana” (p. 32), de modo que ninguna civilización puede entenderse sin considerar su relación con lo divino. En Civilizaciones, Laurent Binet explora esta dimensión desde una perspectiva ucrónica, al imaginar una expansión nórdica en el continente americano que integra sus creencias en un nuevo contexto cultural y, de manera más sugerente aún, como precursoras de desarrollos sociales y técnicos.
En el universo narrativo de la novela, los dioses nórdicos adquieren un rol civilizador y son presentados como impulsores del progreso agrícola y artesanal en las comunidades americanas. Este planteamiento subvierte el relato tradicional europeo, en el que el paganismo era entendido como una forma primitiva de religiosidad que debía ser erradicada en favor del cristianismo. Según Said (1978), la tradición occidental ha configurado históricamente al “otro” religioso –ya sea pagano, musulmán o indígena– como inferior y supersticioso, justificando su dominación (p. 45). Binet toma este prejuicio y lo invierte, otorgando al paganismo nórdico la capacidad de ordenar y fecundar culturalmente el territorio americano.
Un ejemplo elocuente de esta resignificación aparece en el encuentro entre la líder nórdica Freydis y los pueblos mesoamericanos: “Freydis depositó un martillo sobre el vientre de la estatua de Chac. Le dijo al jarl que ella conocía muy bien a ese dios bajo el nombre de Thor” (Binet, 2019, p. 57). Este pasaje no solo ilustra el sincretismo entre las deidades locales y los dioses nórdicos, sino que sugiere una fusión cultural en la que las religiones se enriquecen mutuamente en lugar de anularse. La unión entre Thor y Chac no es una imposición unilateral sino una negociación simbólica, lo cual contrasta con el proceso histórico real en el que el cristianismo desplazó violentamente a los cultos precolombinos.
Desde la perspectiva de Barthes (1957/1972), los mitos no son estáticos sino sistemas de significación en perpetua transformación. Para el autor, “la mitología tiene un carácter imperativo y coercitivo: surge de un concepto histórico, brotando directamente de la contingencia” (p. 250). En este sentido, Binet propone una contingencia histórica alternativa en la que el paganismo nórdico deja de ser una expresión arcaica y pasa a convertirse en un lenguaje cultural capaz de articular nuevas formas de organización social.
La novela también sugiere que los dioses nórdicos, tradicionalmente asociados con la violencia guerrera, se reinventan como deidades agrícolas y protectoras, dotadas de un potencial generador en lugar de destructivo. Este giro refuerza la idea de que ninguna religión es intrínsecamente bárbara o civilizadora, sino que su papel depende de las estructuras de poder que la instrumentalizan. Así lo evidencia la frase: “El Sol no exige la muerte de los otros dioses. No lo necesita para conservar su primacía” (Binet, 2019, p. 214).
Aquí, la voz narrativa parece ofrecer una reflexión que trasciende el marco ficticio de la ucronía: toda religión, en tanto discurso de poder, puede transformarse en un motor de civilización o de barbarie según el contexto histórico en que se inscribe.
Mythology is other people’s religion.
Joseph Campbell
El sincretismo religioso y el poder simbólico
Si la religión constituye uno de los pilares que estructuran toda civilización, tal como se planteó en el apartado anterior, es preciso reconocer que esta no permanece estática en el tiempo ni aislada de otras manifestaciones culturales. Por el contrario, en contextos de contacto y conflicto entre pueblos, las religiones se transforman y producen fenómenos de hibridación que terminan configurando nuevos imaginarios colectivos. Mircea Eliade (1957) señala que lo sagrado tiene la capacidad de absorber elementos de lo profano, reformulándolos y otorgándoles un nuevo significado dentro del sistema simbólico de la comunidad (p. 68). En otras palabras, las religiones, aunque erigidas como verdades absolutas, son en esencia estructuras maleables que se adaptan a los cambios históricos.
En Civilizaciones, Laurent Binet articula este fenómeno mediante una ucronía en la que las religiones no europeas no sólo conquistan territorios, sino también sentidos. La novela propone un escenario en el cual las deidades andinas, como Inti, y las nórdicas, como Thor y Odín, no se excluyen mutuamente, sino que confluyen y coexisten en una relación de complementariedad. Esto implica un desplazamiento respecto al cristianismo histórico, el cual, como observa Said (1978), funcionó como una “religión imperial” que no admitía competencia simbólica ni sincretismo con los sistemas de creencias locales (p. 49).
Un pasaje elocuente en la novela evidencia esta convivencia entre sistemas religiosos: “El Sol no exige la muerte de los otros dioses. No lo necesita para conservar su primacía” (Binet, 2019, p. 214). La afirmación pone en juego una diferencia fundamental con el cristianismo histórico, cuya expansión en América estuvo acompañada por la destrucción sistemática de templos y la imposición de una cosmovisión monoteísta. En la ucronía de Binet, en cambio, la religión andina se configura como un sistema abierto, capaz de integrar otras divinidades en su panteón sin comprometer su centralidad.
Desde la perspectiva de Roland Barthes (1957/1972), los sistemas mitológicos cumplen una función política, en tanto no solo explican el mundo sino que justifican las estructuras de poder vigentes. Así, “la mitología no oculta nada: su función es distorsionar, no hacer desaparecer” (p. 250). En este sentido, la novela no propone una religión “más tolerante” en términos absolutos, sino una reorganización de los mitos que invierte la posición hegemónica. La tolerancia religiosa en Civilizaciones no se presenta como un ideal universal, sino como una estrategia política adaptada al contexto de dominación inca sobre los pueblos europeos.
Este sincretismo también se manifiesta en los símbolos y rituales. En la novela, el martillo de Thor se asocia con el trueno y la fertilidad, mientras que el Sol andino es concebido como fuente de vida y orden cósmico. Esta combinación no es fortuita, sino que refleja una construcción simbólica que articula fuerzas de la naturaleza con el poder político:“Freydis depositó un martillo sobre el vientre de la estatua de Chac. Le dijo al jarl que ella conocía muy bien a ese dios bajo el nombre de Thor” (Binet, 2019, p. 57).
El gesto de Freydis no solo establece una equivalencia entre Chac y Thor, sino que habilita un proceso de fusión religiosa en el que ambas deidades mantienen su fuerza simbólica. Este tipo de sincretismo recuerda al fenómeno histórico registrado en América Latina, donde los dioses indígenas fueron “revestidos” con atributos cristianos para sobrevivir a la imposición religiosa, dando lugar a híbridos como la Virgen de Guadalupe (López Austin, 1990). En Civilizaciones, sin embargo, el proceso se invierte: es Europa la que debe resignificar sus deidades para subsistir frente a una nueva hegemonía religiosa.
En términos generales, el sincretismo religioso en la novela opera como una herramienta de poder simbólico que legitima la dominación inca sobre Europa, al tiempo que muestra la plasticidad inherente a las religiones. Esta idea coincide con Mignolo (2007), quien subraya que las estructuras culturales y religiosas no son neutrales, sino que están “atravesadas por la matriz colonial del poder” (p. 73)
El fundamento de la crítica irreligiosa es:
el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre…”
Karl Marx, A Contribution to the Critique of Hegel’s Philosophy of Right
El cristianismo como objeto de inversión
El cristianismo, más que una religión, ha sido históricamente un sistema de poder que articuló la conquista y colonización de gran parte del mundo. En el contexto europeo, esta religión se convirtió en el eje sobre el cual se construyó la noción de civilización, legitimando empresas militares y económicas bajo la premisa de expandir la “verdadera fe” (Eliade, 1957, p. 41). Sin embargo, tal como plantea Walter Mignolo (2007), “la matriz colonial del poder” no solo operó a través de armas y comercio, sino también mediante la imposición de un orden simbólico-religioso que deslegitimó y subyugó otras cosmovisiones (p. 73).
En Civilizaciones, Laurent Binet subvierte radicalmente este paradigma al imaginar un escenario en el que el cristianismo europeo no es la fuerza civilizadora, sino una religión marginal vista con escepticismo y desprecio por los conquistadores incas. Este desplazamiento permite al autor desnaturalizar la centralidad histórica del cristianismo y revelar su carácter instrumental como legitimador del dominio colonial.
La mirada andina sobre los rituales cristianos es presentada de manera irónica, destacando la extrañeza de sus prácticas y la dificultad para concebirlas como símbolos de una civilización avanzada:
“…los levantinos eran invitados por su sacerdote a comer una pequeña tortita blanca y a beber un trago de elixir oscuro. Por un prodigio de la imaginación… creían que se trataba realmente de la sangre y la carne de su dios” (Binet, 2019, p. 153).
Esta descripción invierte la perspectiva histórica, situando al cristianismo como un conjunto de prácticas incomprensibles y hasta bárbaras desde la óptica de los conquistadores. Lo que en el discurso colonial europeo fue presentado como el sacramento de la comunión, símbolo de la civilización cristiana, en la novela aparece como una superstición tribal.
Edward Said (1978) observa que las potencias coloniales construyeron la alteridad religiosa de los pueblos sometidos mediante un proceso de exotización y deshumanización, proyectando sobre ellos la imagen de lo bárbaro (p. 45). Binet traslada esta misma lógica al contexto europeo, permitiendo a los lectores latinoamericanos experimentar, aunque sea en el terreno de la ficción, la violencia simbólica que históricamente padecieron sus propios pueblos.
Más allá de la ironía, la novela sugiere que el cristianismo no solo es rechazado, sino también sometido a un proceso de reformulación para encajar en el nuevo orden religioso impuesto por Atahualpa y sus seguidores. En este sentido, la narrativa propone una analogía con el proceso histórico real por el cual las religiones indígenas fueron absorbidas y reinterpretadas en el marco del cristianismo colonial. Sin embargo, aquí la dirección del sincretismo se invierte: es el cristianismo el que debe adaptarse o perecer.
Este tratamiento crítico resuena con la idea de Barthes (1957/1972), quien afirma que “la mitología tiene un carácter imperativo y coercitivo: surge de un concepto histórico, brotando directamente de la contingencia” (p. 250). En Civilizaciones, el autor francés desnuda la contingencia histórica del cristianismo, mostrándolo no como una verdad universal, sino como un sistema de creencias históricamente situado que pudo haber sido suplantado por otros credos.
CONCLUSIONES
A lo largo del análisis se ha puesto de manifiesto cómo Civilizaciones de Laurent Binet despliega una ucronía que subvierte la narrativa histórica tradicional y, con ello, deconstruye la centralidad del cristianismo como eje civilizatorio. Al invertir los sistemas religiosos y presentar al Sol andino y a los dioses nórdicos como fuerzas ordenadoras en Europa, la novela no solo invita a imaginar un mundo alterno, sino que también desnaturaliza la concepción occidental de civilización.
La obra revela que las religiones no son entidades fijas ni universales, sino construcciones históricas que, según el contexto y las relaciones de poder que las atraviesan, pueden funcionar como mecanismos de cohesión o como instrumentos de dominación. En este sentido, la religión aparece como una tecnología simbólica: capaz de articular jerarquías, legitimar imperios y moldear cosmovisiones colectivas, sin importar su procedencia cultural.
Asimismo, el texto pone en cuestión la dicotomía civilización/barbarie, mostrando que esta oposición no responde a criterios objetivos, sino a relatos hegemónicos que se erigen a partir de la exclusión del “otro”. En la ucronía de Binet, el cristianismo —históricamente asociado al progreso europeo— es desplazado y presentado como una superstición arcaica. Esta inversión produce un efecto crítico en el lector latinoamericano, al confrontarlo con el mismo tipo de exotización y violencia simbólica que sus antepasados experimentaron durante la colonización.
Finalmente, Civilizaciones plantea que toda religión, al igual que toda civilización, es el resultado de un sincretismo constante. La coexistencia y fusión de dioses como Thor y Chac o Inti y Odín en la narrativa de Binet sugiere que los sistemas simbólicos, lejos de ser monolíticos, se transforman en contacto con lo ajeno, produciendo nuevas formas de poder y sentido.
Así, la novela no solo constituye un ejercicio literario de imaginación histórica, sino también un espacio para repensar críticamente las categorías de religión, civilización y barbarie. Al invertir los términos, Binet no propone un mundo ideal ni una utopía, sino un espejo deformante que permite vislumbrar la contingencia de los relatos que aún hoy sostienen nuestras identidades colectivas.
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Declaración de conflicto de interes: Los autores declaran no tener conflictos de interés.
Declaración de contribución de los autores/as utilizando la Taxonomía CRediT:
Valentin Lingua Amorelli, Gladys Erminia Paredes Bonilla y Liuvan Herrera Carpio: investigación, análisis formal, conceptualización, redacción -borrador original.
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