e-issn 2227-6513 santiago, 166, 2025

Artículo de Investigación

El colonialismo cultural y la Cuba del siglo XXI. El reto de la supervivencia espiritual

Cultural colonialism and 21st century Cuba. The challenge of spiritual survival

O colonialismo cultural e a Cuba do século XXI. O desafio da sobrevivência spiritual

Alejandro Salvador Figueroa, https://orcid.org/0000-0001-5164-0073

Universidad de Oriente, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Filosofía, Santiago de Cuba, Cuba

*Autor para correspondencia: alejandro.salvador@uo.edu.cu

RESUMEN

El presente artículo aborda el fenómeno del colonialismo cultural en el siglo XXI, especialmente en el contexto de Cuba, donde se analiza cómo los valores culturales foráneos, principalmente occidentales, se imponen como superiores, erosionando las identidades locales y trayendo consigo la asimilación acrítica de ideologías y estilos de vida extranjeros, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Se destaca cómo la cultura mainstream estereotipa y simplifica las identidades periféricas, promoviendo una "tolerancia" que en realidad es una forma de dominación simbólica. Se señala la importancia de la educación estética y la necesidad de fortalecer los espacios de creación y consumo cultural autóctonos para contrarrestar esta influencia. Finalmente, se propone un diálogo crítico entre lo local y lo global, donde se preserve la identidad cultural sin caer en el aislamiento, pero tampoco en la sumisión acrítica a los valores impuestos desde el exterior.

Palabras clave: Cultura, colonialismo cultural, estética, discurso estético.

Abstract

This article addresses the phenomenon of cultural colonialism in the 21st century, especially in the context of Cuba, where it analyzes how foreign cultural values, mainly Western, are imposed as superior, eroding local identities and bringing about the uncritical assimilation of foreign ideologies and lifestyles, especially among the younger generations. It highlights how mainstream culture stereotypes and simplifies peripheral identities, promoting a “tolerance” that is actually a form of symbolic domination. It points out the importance of aesthetic education and the need to strengthen spaces for indigenous cultural creation and consumption to counteract this influence. Finally, a critical dialogue is proposed between the local and the global, where cultural identity is preserved without falling into isolation, but neither into uncritical submission to values imposed from outside.

Keywords: Culture, cultural colonialism, aesthetics, aesthetic discourse.

Resumo

Este artigo aborda o fenômeno do colonialismo cultural no século XXI, especialmente no contexto de Cuba, analisando como os valores culturais estrangeiros, principalmente ocidentais, são impostos como superiores, corroendo as identidades locais e provocando a assimilação acrítica de ideologias e estilos de vida estrangeiros, especialmente entre as gerações mais jovens. Ele destaca como a cultura dominante estereotipa e simplifica as identidades periféricas, promovendo uma “tolerância” que, na realidade, é uma forma de dominação simbólica. Aponta a importância da educação estética e a necessidade de fortalecer os espaços para a criação e o consumo cultural indígena a fim de neutralizar essa influência. Por fim, propõe-se um diálogo crítico entre o local e o global, no qual a identidade cultural seja preservada sem cair no isolamento, mas tampouco na submissão acrítica a valores impostos de fora.

Palavras-chave: Cultura, colonialismo cultural, estética, discurso estético.

Recibido: 12/11/2025 Aprobado: 14/12/2025

Introducción

Hoy las naciones del llamado tercer mundo (nótese que el término es también colonial) se enfrentan a un tipo de colonialismo, que, aunque no nuevo, se ha transformado en una de las formas de penetración no violenta del imperialismo del siglo XXI (aunque valdría decir desde finales del siglo XX), y que ha devenido con el nombre de “colonialismo cultural”.

Nos referimos aquí a ese auge de lo cultural, de la esfera de “lo simbólico” como vía de impostación de valores foráneos que son mostrados como lo superior, lo correcto; como esa brújula existencial (marcando siempre al noroccidente) que liberara al otro, al no-yo occidental, de sus ataduras con el subdesarrollo.

Se habla aquí de cómo la cultura mainstream percibe la periferia cultural a través de estereotipos prefigurados en la conciencia colectiva de cierto grupo de individuos, que con cierto paternalismo (u oportunismo) miran al aborigen, al asiático, al latino, sin la profundidad necesaria para comprenderlos realmente, y esto le llaman tolerancia.

Sin embargo, tolerancia no es aceptación, es solo la coexistencia en medio de una tensión latente que precede el intento de domesticación del otro, es decir, de la aniquilación cultural del tolerado en aras de la “integración” y “asimilación” por parte de la sociedad hegemónica en la que el sujeto se desenvuelve.

Cuando esta asimilación no es lograda totalmente, aparecen los espacios de marginalidad, tanto físicos como simbólicos, que resultan a la postre espacios de resistencia cultural, pero también nichos de pobreza y violencia, ante el desamparo del reconocimiento social y estatal.

Desde el enfoque holístico epistémico que combina lo metodológico, lo axiológico, lo praxeológico, epistemológico y ontológico) va más allá de la práctica, y da paso a una reflexión de carácter epistémico relacionado con las categorías que se involucran en el proceso de aprehensión de la realidad y sus dinámicas interrelacionales. De acuerdo con Deroncele (2024) el holismo ofrece una visión global y contextualizada del fenómeno estudiado. Su ventaja radica en “la capacidad de generar un entendimiento más profundo de las interacciones complejas entre las dimensiones estudiadas, legitimando los puntos fuertes y débiles de cada enfoque o método, y complementándolos de manera estratégica” (p. 313).

Este artículo examina cómo, en la era globalizada, los valores culturales occidentales se imponen como hegemónicos, desplazando las identidades locales y fomentando la adopción acrítica de ideologías y modos de vida ajenos, sobre todo entre los jóvenes. En Cuba, este fenómeno se manifiesta en la erosión de las tradiciones autóctonas, mientras la cultura dominante reduce las identidades periféricas a estereotipos, disfrazando de "tolerancia" lo que en realidad es una dominación simbólica.

Frente a esto, se subraya la urgencia de una educación estética crítica y el fortalecimiento de espacios de creación y consumo cultural local. La propuesta es un diálogo equilibrado entre lo global y lo propio, que preserve la identidad sin caer ni en el aislamiento ni en la sumisión pasiva a influencias externas.

Metodología

La investigación utiliza una metodología que combina enfoques y métodos teóricos para analizar y evaluar los elementos del colonialismo cultural presentes en la Cuba contemporánea. Se emplea la revisión bibliográfica con el objetivo de recopilar y analizar la literatura existente sobre el fenómeno del colonialismo cultural. Se revisan artículos científicos, libros, y documentos relevantes para identificar las bases teóricas y los debates actuales en el campo referente al mismo.

Se emplean, además, métodos teóricos conocimiento científico como el Inductivo-Deductivo que parte del estudio de observaciones específicas y casos particulares para desarrollar generalizaciones y teorías. Se aplican teorías y principios generales a casos específicos para evaluar su aplicabilidad y efectividad.

Por su parte el método histórico-lógico considera un enfoque histórico para entender cómo se han desarrollado estos principios a lo largo del tiempo y su impacto en la práctica cultural actual siguiendo una lógica estructural en la definición y análisis de su marco conceptual, aspecto este de gran significación para comprender las problemáticas que conlleva el fenómeno del colonialismo cultural en nuestro país.

Resultados y discusión

Desde finales del siglo XX, y como consecuencia del triunfo occidental sobre el “socialismo real” de la Rusia soviética y el Pacto de Varsovia, la unipolaridad del mundo que nacía, permitió imponer una serie de criterios culturales que anteriormente eran frenados o combatidos con tesón por parte de una intelectualidad progresista que, desencantada y frustrada ante el triunfo neoliberal y posmoderno, se replegó en sus propios predios, cuando no renunció a sus postulados emancipadores.

Esta situación y la masificación del Internet y las redes sociales permitieron que se asumieran, prácticamente sin resistencia, los valores simbólicos del triunfador: Estados Unidos y Europa Occidental en su variante posmoderna.

Entre estos valores se pueden mencionar las ideologías difusas, hedonismo del cuerpo, los roles diluidos dentro del marco familiar y social, consumismo exacerbado. Se prioriza lo inmediato sobre lo trascendental, diluyéndose la búsqueda de paradigmas sólidos en nuevos sofismas que justifiquen un tipo de verdad eternamente relativa lejos de los absolutos de la modernidad filosófica.

La situación de Cuba no fue ajena a los procesos de colonialismo cultural. Aunque el consumo cultural estuvo marcado por un severo control estatal durante los primeros treinta años de la Revolución, no fue hasta la década de los noventa del pasado siglo que el fenómeno renació con fuerza en el predio insular a partir de las transformaciones económicas y sociales que el estado cubano realizó como consecuencia del derrumbe del campo socialista.

Estas transformaciones tendrían su reflejo en la esfera cultural, entre los cuales los términos de identidad, identidad nacional e identidad cultural ocupan una buena parte de las problemáticas socioculturales de aquella época, como expresa Fernando Martínez Heredia (2001):

La cultura plasmada en la Cuba contemporánea es el teatro principal de la intensa pugna de valores en curso, que influirá, quizás de manera decisiva, en el tipo de sociedad que emergerá de las duras tareas actuales de la sobrevivencia y la reestructuración de las relaciones económicas. Hoy se levantan otra vez las grandes preguntas, en torno a la identidad nacional y sus rasgos principales, a las identidades de grupos de la sociedad, su relación con la identidad nacional y con las instituciones; se pregunta otra vez qué es la nación, y qué ha sido en los proyectos históricos (p.48)

La palabra “renacimiento” aquí tiene un valor esencial para entender el fenómeno cubano. Lo anterior puede entenderse si consideramos el hecho que cierta censura institucional y años de políticas culturales estuvieron orientadas a elevar la capacidad intelectual y cultural de la población. Considerando, a la postre, que estas debieran haber preparado de alguna manera a la intelectualidad cubana y al pueblo en general a frenar el avance del colonialismo cultural en Cuba.

Ciertamente fue así, al menos en los primeros treinta años de Revolución, cuando el control del consumo cultural casi total estuvo en manos del estado. Sin embargo, los mecanismos actuales utilizados para el ejercicio de la colonialidad cultural están orientados, en su mayoría, a otro segmento poblacional: los nacidos entre 1980-2000, es decir, el grupo poblacional que por diversas razones ha sido el menos beneficiado de los logros sociales de la Revolución (recrudecimiento del bloqueo económico norteamericano, Período Especial, crisis económica, etc.) y que marca la brecha tecnológica entre un mundo analógico y otro digital.

El universo digital es donde está gestado y dirigido en lo fundamental el renacimiento del colonialismo cultural en nuestro archipiélago, asumiendo que antes de 1959 Cuba fue el experimento por excelencia de un fenómeno que hoy es ya global.

El proceso inicial comenzó con el cambio de control de manos españolas a norteamericanas después de 1898 e implicó para la Isla la pérdida de la soberanía y cuatro años de ocupación extranjera, en la que se fueron gestando los mecanismos políticos de futura dominación, que se materializaron en la Constitución de 1902, la Enmienda Platt y el tratado de Bases Navales y Carboneras.

El tratado anterior fue ratificado en 1934 bajo una reciprocidad cuestionable cuando la ignominia de la Enmienda Platt ya no era necesaria para el control de la isla. Ello tiene su basamento, a juicio de este autor, en dos aspectos esenciales, en primer término, por la resistencia popular y segundo porque el establishment norteamericano entendía que la penetración cultural, económica y política en Cuba era ya tan profunda que no era necesaria una prerrogativa legal que alentara una intervención armada.

La sociedad cubana de la clase media y alta, sobre todo, se iría americanizándose de manera más acentuada a partir de la caída del Gobierno de los Cien Días, hasta el límite, que eran probados en Cuba (o al menos en la Habana) casi al mismo tiempo que en EEUU productos industriales que aparecerían luego de manera masiva en el marcado mundial.

Tiendas, centros comerciales, la moda, la incipiente televisión trataban de emular los centros comerciales, hábitos de vestimenta y programas televisivos norteamericanos, disfrazando muchas veces la tensión política existente y que desembocaría definitivamente en una guerra civil en la década del cincuenta.

La resistencia cultural, aunque no visible de manera masiva, existía y se expresaba a través de disímiles posturas reflejadas en la creación artística de las primeras vanguardias, la actitud de defensiva de los valores nacionales del Grupo Minorista (1923-1928) (entre sus miembros se encontraban, Alejo Carpentier, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello y Jorge Mañach, los tres últimos protagonistas de la Protesta de los Trece), los estudios antropológicos dirigidos por Fernando Ortiz (en su obra Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de 1940 introduce por vez primera el término de “transculturación”) y el Grupo Orígenes con la revista del mismo nombre fundada y dirigida por Lezama Lima y José Rodríguez Feo en 1944 (el grupo tenía como objetivo la reivindicación de las artes y letras cubanas ante la banalización creciente del panorama artístico y cultural de la isla)

Los incentivos nacionalistas cubanos, a diferencia de otros nacionalismos, no negaban o rechazaban lo foráneo de pleno, siendo una cultura la cubana esencialmente mestiza, lo que se trataba era de integrar lo mejor de lo externo con lo nuestro, primando siempre ese espíritu insular propio, identificativo de lo que somos, tronco sabio y hermoso regado con la mezcla de lo hispano y lo africano en lo fundamental.

Lo anterior se refleja de manera explícita en las obras de las vanguardias artísticas donde se logra un excelente balance entre las corrientes europeas y la temática nacional. Esta fusión se expresa de manera genial en el pintor Wifredo Lam (sus obras “La silla” y “La Jungla” ambas de 1943 ejemplifican de manera magistral lo anteriormente expuesto). En la literatura el caso paradigmático es Alejo Carpentier (“El reino de este mundo” de 1949) y dentro del mundo propiamente académico habría que mencionar a uno de los más lúcidos pensadores cubanos de todos los tiempos: Jorge Mañach, a través de tres obras capitales de las letras cubanas “La crisis de la alta cultura en Cuba” (1925), “Indagación al choteo” (1928) e “Historia y estilo” (1944) y en el caso particular de este autor se podría decir que lo realizó a través de la transdisciplinariedad cultural y filosófica.

La intelectualidad cubana más comprometida de la neocolonial república, desde diversas esferas, hacia lo posible por mantener viva la esencia de nuestra cubanidad. La obra y vida de José Martí como faro y guía de esa lucha fue fundamental en el enfrentamiento que se entabló entre lo autóctono y lo foráneo. Una obra fundamental de la década del ‘30 cubano que ilustra lo anterior sería “Martí, el Apóstol” (1933) biografía escrita por Jorge Mañach.

Martí en 1889 en su revista La Edad de Oro, reflejaba la influencia colonizadora cultural en América Latina, criticando el sistema educativo impuesto por los colonizadores europeos, que busca imponer una visión eurocéntrica de la historia y la cultura, abogando por una educación que valore, promueva las tradiciones y la diversidad cultural latinoamericana.

Nótese en esta obra como Martí es capaz de mostrar lo mejor de la cultura universal a la par del valor positivo de nuestra historia latinoamericana como se ve reflejado en “Tres Héroes”, “Las Ruinas Indias” entremezclados con “La Ilíada” o “Un paseo por la tierra de los anamitas”. Para él no había menos clasicismo en la epopeya homérica que en el esfuerzo de Bolívar de crear una patria grande, esa otra gran epopeya inconclusa.

Los valores estaban dados en cuanto el valor didáctico que la historia debe mostrar y de las enseñanzas que de esta se desprenden. Sin embargo, Martí conocía el enorme reto que suponía tal tarea, de esa paradoja que surge de lo que somos y otros desean que seamos, diría así el apóstol: “No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana” (Martí, 1964, p. 381).

La Revolución triunfante de 1959, esencialmente martiana, reconocería el valor de lo cultural como mecanismo de legitimación y lucha haciéndose esto palpable cuando la primera ley firmada por los ganadores de la guerra civil fue aquella creaba el Instituto Cubano Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC) y en la cual se subraya que “es el cine el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística y de divulgación y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas.”(Ley 169 Creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas ICAIC, 1959)

Se abría así el camino del primer intento de descolonización cultural en Latinoamérica teniendo su punto álgido en la campaña de alfabetización de 1961 y continuaría con la creación del sistema de escuelas de arte y la institucionalización de la enseñanza artística dentro de las escuelas, la Escuela Nacional de Arte (ENA), el Instituto Superior de Arte (ISA) y el Ministerio de Cultura (MINCULT).

Sin embargo, la realidad cubana actual presenta un panorama negativo en cuanto al nivel de colonialidad cultural presente en nuestra cotidianidad. La percepción de lo foráneo está siendo percibido por gran parte de la población, sobre todo los más jóvenes nacidos después de 1990 como “lo mejor”, “lo moderno”, consumo cultural que se realiza de manera acrítica, en palabras de Esteves Rams: “La hegemonía cultural tiene como elemento definitorio imponer un modelo de éxito que asimilamos acríticamente”(Estévez, 2023, s/p). Y todo esto en medio de una crisis económica y política que dejó al estado cubano sin muchas herramientas de contención.

Los presupuestos pseudoculturales (Adorno, 1966) están predominando en la realidad cubana actual, no sin ciertas resistencias. Por su parte, Adorno y Horkheimer definen la “pseudocultura” en su obra “Teoría de la Seudocultura” (Adorno, 1966, p. 223) como un nuevo modelo cultural surgido de los "mass-media" y las industrias dedicadas a la creación de mensajes estandarizados para las masas organizadas en la sociedad de consumo. Este fenómeno rebaja los procesos intelectuales del receptor, anulando su capacidad de análisis crítico y convirtiéndolo en un individuo pasivo. En el capitalismo post-industrial, las infraestructuras funcionan como superestructuras ideológicas, invirtiendo el esquema marxista. De esta manera los sujetos viven careciendo de una distancia crítica con respecto a la realidad social. Esto lleva a una reacción irreflexiva y abrupta en lugar de un intercambio vivo entre sujeto y objeto.

Este tipo de consumo cultural parece destinado a despojar a los pueblos de toda resistencia identitaria, trayendo consigo la aceptación de una ideología de masas donde predomina fundamentalmente lo superficial, lo estereotipado, lo prefabricado. La importancia social del arte parecería perder espacios frente al mero divertimento, lo cual había notado ya Walter Benjamin como una característica del arte capitalista del siglo XX: “A saber, cuanto más disminuye la importancia social de un arte, tanto más se disocian en el público la actitud crítica y la fruitiva. De lo convencional se disfruta sin criticarlo, y se critica con aversión lo verdaderamente nuevo” (Benjamin, 1989, p. 17).

Ciertamente la difícil situación económica cubana, trae consigo el deterioro de determinados valores morales, pero también los culturales y estéticos. Cuando la prioridad de los sujetos es la supervivencia no cabe esperar que estos se preocupen en demasía por el arte o producto cultural consumido, allí donde las condiciones de vida se tornan extenuantes, el sujeto busca la relajación y la enajenación situacional que ofrece el cine, la música o la literatura más comercial y de fácil asimilación. El corrimiento de manera generalizada hacia una cultura del ocio donde el lenguaje visual y verbal de la marginalidad cubana local es lo predominante, es un ejemplo de lo anterior.

Hoy, donde todo se mide en resultados económicos, sería valido recordar que ningún paradigma económico es sustentable sin su acompañamiento cultural. Habría que recurrir a las palabras de Armando Hart, que nos advierte:

Las necesidades económicas constituyen la motivación de fondo de los grandes movimientos sociales, los cuales enrolan la acción de millones de seres humanos y promueven cambios prácticos y duraderos. Pero para realizarlos se requieren paradigmas culturales; de esta manera su importancia es fundamental en la consolidación de la renovación de la sociedad. Dentro de ellos hay uno clave: la justicia, la cual expresa una necesidad social a gran escala; surge de esta forma como proyecto ideal, la utopía realizable hacia el futuro (Hart, 2017, p. 40).

Luego cabría la interrogante si podrá haber justicia allí donde una cultura desea imponerse sobre otra, donde lo vulgar parece condenar en ciertos géneros musicales (los más consumidos en Cuba, por cierto) a la mujer a mero objeto sexual, arrebatándole lo alcanzado en materia de igualdad de género en los últimos 60 años o donde la ponderación de lo marginal legitima una moralidad cuestionable. Como habrá justicia cuando se señala las diferencias más que las similitudes, y aparece el desgaste de la batalla por querer imponer un solo punto de vista disfrazado de pluralidad y multiculturalidad.

La importancia de la creación cultural y del arte como su máxima expresión radica en esa particular función que tiene este de “conmover al hombre total, la de hacer posible que el otro “yo” se identifique con la otra vida y haga suyo lo que no lo es y puede, sin embargo, llegar a serlo”(Fischer, 1964, p. 16).

Pero en lo anterior también radica la peligrosidad del mensaje artístico cuando se consume acríticamente. Cuando los valores representados siempre son puestos de manera asimétrica, es decir, solo se consume un determinado tipo de arte o producto cultural, los valores que persisten, que sobreviven en mi conciencia como espectador serán asimismo unilaterales, carente de matices y por lo tanto sin criterios válidos para enjuiciar al “otro” de manera objetiva.

Así el otro “yo”, eso que se aspira a ser, no es moralmente superior en cuanto emanación propia de la espiritualidad y mejoramiento propio, es en definitiva la negación del propio ser ante la avasalladora potencia del discurso hegemónico que emana de los productos culturales consumidos por el sujeto.

Aquí valdría preguntarse la relación entre Ética y Estética, si la obra de arte o cualquier otro producto cultural está o puede estar exento de valores morales. No podemos dejar de estar de acuerdo con López Quintás cuando afirma de esta relación:

no son campos de valores separados del hombre que los vive; cobran su plenitud de sentido en el proceso humano de desarrollo personal. La realización de valores éticos y la de valores estéticos son dos vertientes de una misma realidad: la personalidad humana en su proceso de crecimiento (López, 2014, p. 335).

Por otro lado, existe una necesidad por parte del colonialista de que esta relación se diluya hasta lo mero formal. Los valores aquellos que de alguna manera rebasen lo meramente externo son apartados y si estos valores se comportan desde lo cultural, como signo de resistencia, están condenados a esta nueva cultura de la cancelación, neomacarthismo que se ejerce hoy desde esa otredad que son las redes sociales (Cabrera & Jimenez, 2021).

Es decir, uno y otra van estrechamente de la mano, aun cuando nos quieran vender lo contrario y desideologizar el consumo cultural presentándolo de manera frívola y superficial. Esta lógica es fundamental para el control social actual que se quiere imponer desde los círculos de poder occidentales, así lo estético se resuelve como recurso de distracción, eminentemente lúdico, carente de contradicciones; la hermenéutica se diluye en el mero placer, la catarsis desenfrenada del ansia consumista, de ahí el valor de la excesiva carnavalización postmoderna y del desenfreno de la cultura contemporánea: todo se acepta, nada permanece. Noam Chomsky ya habría señalado esta estrategia cuando alega:

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética (Chomsky, 2011, p. 7).

De esta manera se generan espacios de pobreza estética en tierras ricas y fértiles para la creación. Tal parece que en Cuba haya un énfasis por mostrar espacios de decadencia urbana, estereotipos femeninos hipersexualizados, lenguaje verbal y visual violento, donde el culto a lo decadente, lo escatológico que se disfraza de carnaval y vernaculismo representa un freno al despertar estético cuando también existen propuestas de altos valores culturales que no son propiamente visibilizados.

Otro elemento a considerar sería si los espacios de consumo cultural se presentan de manera similar a lo largo y ancho de Cuba. Evidentemente la Habana en su condición de capital y epicentro económico y cultural (¿colonialismo cultural interno?) concentra los mejores espacios de intercambio y consumo cultural. La diversidad es mayor (no lo suficiente) pero permite que de alguna manera ciertos sectores poblacionales accedan a espacios de alta calidad cultural.

En el resto del país predominan los espacios culturales donde se impone el criterio de los nuevos ricos de la sociedad cubana y sus cuestionables gustos estéticos, dueños de bares y clubes, pero también de las tendencias de la moda y el audiovisual.

La intención de imitar circunstancias ajenas a nuestro contexto desde el arte se ha tornado en una retórica del discurso violento en algunos espacios culturales asociados precisamente a la población más vulnerable: los ciudadanos que por diversa índole se encuentran en estado de marginalidad social, económica y cultural.

Allí donde las condiciones de vida se volvieron más difíciles, donde la educación estética jamás llegó o lo hizo de manera acartonada, hiperpolarizada por el discurso político o donde los gestores e instituciones públicas no fueron capaces de cambiar no solo el espacio físico sino sobre todo el simbólico.

Muchos de nuestros ciudadanos están en un estado de analfabetismo estético cuando no cultural, lo que los vuelve vulnerables en exceso ante el asedio de desinformación disfrazado de arte o del parlamento del artista devenido exegeta político. El dramaturgo e intelectual brasileño, Augusto Boal, una de las voces más lúcidas dentro de los estudios de la colonialidad cultural se refería a esto como castración estética:

La castración estética vuelve vulnerable a la ciudadanía y la obliga a obedecer los mensajes imperativos de los medios de comunicación, de la cátedra y del podio, del púlpito y de todos los sargentos, sin pensarlos, refutarlos, ¡sin entenderlos siquiera! El analfabetismo estético, que hace estragos incluso entre quienes están alfabetizados en lectura y escritura, es un peligroso instrumento de dominación que permite a los opresores llevar a cabo una invasión subliminal de cerebros (Boal, 2016, p. 17).

La necesidad de dominar los espacios gestación e interpretación simbológica son fundamentales para la lógica del capital contemporáneo, la legitimación de gustos y prácticas de consumo cultural afianzan y perfeccionan la acumulación de dividendos financieros, hoy no somos ciudadanos, somos estadísticas con un numero de IP asignado desde nuestro dispositivo electrónico y valdría preguntarse qué control real tiene el estado cubano actual sobre algunos eslabones de eso que la teoría marxista llama “superestructura”.

Si durante años, antes de la llegada masiva de internet a la isla, era relativamente fácil controlar el consumo cultural de la mayoría de los ciudadanos de este archipiélago, y por lo tanto la legitimación de los proyectos culturales, políticos, etc.… no eran puestos en tela de juicio por la mayoría (herejes para bien o mal siempre existen), los últimos ocho años han demostrado que la justa está siendo perdida por nuestras instituciones y ciudadanía en general.

Nuestros medios de comunicación se encuentran en una batalla asimétrica donde más ciudadanos ponen en duda, cuando no rechazan el “discurso oficial” generado por medios nacionales, la falta de inmediates de la prensa oficial cubana deja grietas para que medios “alternativos” generen espacios de posverdad.

El discurso triunfalista, allí donde se amerita la recia autocritica despoja de legitimación y confianza. Si bien se realizó una “batalla de ideas” allá por los 2000, su aplicación, debemos reconocer no brindo los frutos esperados, con esta solo se ganó algo de tiempo. Se quiso ganar la conciencia de los sujetos a través de una retórica eminentemente política y determinadas campañas sociales dejando, desde nuestra opinión, relegados a un segundo plano los espacios referidos a la estética y al consumo cultural.

Se hace referencia aquí a esos espacios de lo “sensible” donde la razón no gobierna, donde las emociones que provocan una imagen, una melodía, distorsionan la capacidad efectiva de razonamiento, donde una letra de cierto género musical puede exaltar más a las masas que un manual de historia de Cuba.

Parece que olvidamos o dimos por dada nuestra capacidad de análisis crítico dejando muchas veces a la improvisación la relación que existe entre el discurso y el medio que lo emite, cuánta razón tenía Marchall McLuhan cuando notaba que el medio era el mensaje, que los medios de comunicación son una extensión de la sensibilidad humana y que estos terminarían dominando todas las esferas de la superestructura(Mcluhan & Fiore, 1967), de lo que se puede sacar la conclusión que aquel que domina, crea y perfecciona el medio tendrá el control de la narrativa imponiendo su criterio de “la verdad” y por lo tanto de la estructuración de valores que terminen por destruir las identidades autóctonas por otras foráneas, como aclaro Luis Brito hace casi ya veinte años:

El poderío de los medios no se vincula solo al contacto de la conciencia con la comunidad internacional: produce, además, un efecto aniquilador en aquella. El hombre tribal no conoce la identidad personal ni la busca en absoluto. La generación del televisor se esfuerza violentamente por arrancarse la vieja imagen personal para fundirse en una nueva identidad tribal, como cualquier ejecutivo de una corporación. Los poderes del medio de comunicación, pues son tres: el primero, conformar una manera de experimentar el universo; el segundo, ponernos en contacto simultaneo y total con éste; el tercero, borrar nuestra identidad (Britto, 2005, p. 85).

De esta manera el colonialismo cultural asume una postura de violencia simbólica, los medios son las armas y la conciencia de los sujetos los objetivos a aniquilar. Manteniendo esta premisa, si se aniquila la conciencia de los sujetos, no aniquilo al consumidor, al sujeto estadística de compras; solo aniquilo la capacidad de estos de enfrentarse críticamente a las causas que generan las necesidades de consumo, aniquilo al ciudadano que participa racionalmente de su entorno sociopolítico.

De ahí el papel fundamental de los medios cubanos de una sociabilización efectiva de las propuestas culturales en su más amplio aspecto. Por efectiva se asume que deban modificarse no solo los mecanismos y maneras que el proceso comunicacional se hace efectivo sino también la diversidad de propuestas.

La relación entre lo foráneo y lo autóctono establece una tención constante en nuestra cotidianidad nacional, tanto política como cultural. No debe pensarse que la censura sea, por ejemplo, uno de los mecanismos para frenar el colonialismo cultural, así como tampoco asumir que todo lo anglosajón sea considerado parte de este problema basándose netamente en una disputa o diferendo político latente. Habría que analizar entonces qué hay de positivo o negativo en cuanto producto cultural se consuma independientemente de la zona geográfica que procesa. Sería ingenuo pensar que China como potencia global no tenga el mismo interés de penetración cultural que los Estados Unidos de la postguerra.

CONCLUSIONES

En medio del desborde transfronterizo de los fenómenos culturales deberían coexistir en el mismo espacio las diversas manifestaciones culturales y discursos estéticos sin que uno represente la aniquilación del otro. Para esto también se necesita, y esto es capital, que los consumidores tengan la preparación adecuada para discernir y disfrutar racionalmente de la diversidad de propuestas: a mediano y largo plazo predominarían aquellas que representen valores positivos que enaltezcan socialmente y espiritualmente a los sujetos.

Implica esto que desde los niveles básicos de enseñanza se retome la educación de valores estéticos, dotar a los sujetos desde edades tempranas de estas herramientas permitiría que, aun en medios sociales desfavorables, la creación y consumo cultural devenga una herramienta de liberación espiritual y no un lastre transgeneracional.

En definitiva, de esta manera pudiera crearse una barrera de contención ante la avasalladora carga colonizadora, barrera permeable, pues la cultura nunca debería encerrarse en sus propios predios, pero que permitiera el diálogo constructivo de manera crítica entre lo foráneo y lo autóctono en aras de la construcción de una identidad cultural en constante evolución como debiera ser la cultura cubana.

actual.

Referencias bibliográficas

Adorno, T & Horkheimer M. (1966). Sociológica. Taurus Ediciones. Madrid

Benjamin, W. (1989). Discursos Interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Taurus.

Boal, A. (2016). Estética del Oprimido. Reflexiones errantes sobre el pensamiento desde el punto de vista estético y no científico. InterZona.

Britto García, L. (2005). El imperio contracultural: Del rock a la postmodernidad. Editorial Arte y Literatura.

Cabrera Peña, K. I. & Jiménez Cabarcas, C. A. (2021). La cultura de la cancelación en redes sociales: Un reproche peligroso e injusto a la luz de los principios del derecho penal. Revista chilena de derecho y tecnología, 10(2), 277-300. https://dx.doi.org/10.5354/0719-2584.2021.60421

Chomsky, N. (2011). Diez estrategias de manipulación mediática| Archipielago. Revista cultural de nuestra América, 19(73), disponible en: https://revistas.unam.mx/index.php/archipielago/issue/view/2623

Deroncele Acosta, A. (Comp.). (2024). Métodos de investigación cualitativa. Ediciones UO. Santiago de Cuba, Cuba.

Estévez Rams, E. (2023). Hegemonía y colonialismo cultural – La Jiribilla. disponible en: http://www.lajiribilla.cu/hegemonia-y-colonialismo-cultural

Fischer, E. (1964). La necesidad del Arte (Un enfoque marxista). Ediciones Union.

Hart, A. (2017). La utopía libertaria en nuestra América, 1959-2016. Editorial de Ciencias Sociales.

Ley 169 Creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas ICAIC. (1959).

López Quintás, A. (2014). La experiencia estética y su poder formativo. UNIVERSIDAD DE DEUSTO.

Martí, J. (1964). Las Ruinas Indias. En José Martí. (1964). La Edad de Oro. Obras Completas (18). Editorial Nacional de Cuba.

Martínez Heredia, F. (2001). El corrimiento hacia el rojo. Editorial Letras Cubanas

McLuhan, M., & Fiore, Q. (1967). El medio es el mensaje. Bantam Book.

Declaración de conflicto de interes: El autor declara no tener conflictos de interés

Declaración de contribución de los autores/as utilizando la Taxonomía CRediT:

El autor trabajó en la Conceptualización, investigación, metodología, Redacción – revisión y edición.

Declaración de originalidad del manuscrito:

Por medio de la presente, certifico: Que soy autor del manuscrito titulado: El colonialismo cultural y la Cuba del siglo XXI. El reto de la supervivencia espiritual que se presenta para su posible publicación en la Revista Santiago. Revista cubana para la divulgación de la ciencia y cultura universales, plataforma científica de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, Cuba. Que este artículo es original e inédito, los contenidos son producto de nuestra contribución directa y el trabajo no está siendo ni será postulado de manera paralela para su posible publicación en otro medio. Que los textos de otros autores están debidamente citados e incluidos en el apartado de Referencias bibliográficas. Que se acepta el dictamen inapelable de los expertos revisores, con una práctica de ética científica de imparcialidad a través del arbitraje académico por pares. Que somos responsables del contenido, información y datos publicados. Que el material está libre de derechos de autor y, por lo tanto, nos hacemos responsables de cualquier litigio o reclamación relacionada con derechos de propiedad intelectual, exonerando al Equipo Editorial de la Revista y/o a la Universidad de Oriente.