e-issn 2227-6513 santiago, 168, 2026

Artículo de Investigación

Crisis de sobreacumulación en México durante la crisis del 2008. Comparación entre los sexenios de epn/amlo

Overaccumulation crisis in Mexico during the 2008 crisis: a comparison between the six-year terms of epn and amlo

Crise de superacumulação no México durante a crise de 2008: uma comparação entre os mandatos de seis anos de EPN e amlo

Ana Bertha Vidal Fócil, https://orcid.org/0000-0002-2958-9184

Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, México

Autor para correspondencia: berthafocil@hotmail.com

RESUMEN

Este trabajo analiza la crisis de sobreacumulación en México en el contexto de la crisis financiera de 2008, evaluando cómo esta reveló una serie de contradicciones en el modelo económico mexicano. La investigación utiliza el coeficiente de Gini y la Curva de Lorenz como herramientas principales para identificar las dinámicas de acumulación de capital y su impacto en la desigualdad durante los sexenios de Enrique Peña Nieto (2012–2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018–2024). Se parte del marco teórico marxista de la sobreacumulación, contrastado con análisis estructurales contemporáneos aplicados al caso mexicano. A lo largo del documento se abordan las políticas públicas que incidieron en la concentración del ingreso, así como las estrategias de redistribución implementadas bajo el discurso de justicia social. Los hallazgos muestran que, si bien existieron esfuerzos de redistribución en ambos gobiernos, las raíces estructurales de la desigualdad permanecen y se manifiestan a través de indicadores como el coeficiente de Gini y la Curva de Lorenz.

Palabras clave: Crisis financiera, sobreacumulación, desigualdad.

Abstract

This work analyzes the crisis of overaccumulation in Mexico in the context of the 2008 financial crisis, evaluating how it revealed a series of contradictions in the Mexican economic model. The research uses the Gini coefficient and the Lorenz Curve as main tools to identify the dynamics of capital accumulation and its impact on inequality during the administrations of Enrique Peña Nieto (2012–2018) and Andrés Manuel López Obrador (2018–2024). It is based on the Marxist theoretical framework of overaccumulation, contrasted with contemporary structural analyses applied to the Mexican case. Throughout the document, public policies that influenced income concentration are addressed, as well as redistribution strategies implemented under the discourse of social justice. The findings show that, although there were redistribution efforts in both governments, the structural roots of inequality remain and are manifested through indicators such as the Gini coefficient and the Lorenz Curve.

Keywords: Financial crisis, overaccumulation, inequality.

Resumo

Este trabalho analisa a crise de sobreacumulação no México no contexto da crise financeira de 2008, avaliando como ela revelou uma série de contradições no modelo econômico mexicano. A pesquisa utiliza o coeficiente de Gini e a Curva de Lorenz como principais ferramentas para identificar as dinâmicas de acumulação de capital e seu impacto na desigualdade durante os governos de Enrique Peña Nieto (2012–2018) e Andrés Manuel López Obrador (2018–2024). Parte-se do marco teórico marxista da sobreacumulação, contrastado com análises estruturais contemporâneas aplicadas ao caso mexicano. Ao longo do documento, são abordadas as políticas públicas que influenciaram a concentração de renda, bem como as estratégias de redistribuição implementadas sob o discurso de justiça social. Os resultados mostram que, embora tenham existido esforços de redistribuição em ambos os governos, as raízes estruturais da desigualdade permanecem e se manifestam por meio de indicadores como o coeficiente de Gini e a Curva de Lorenz.

Palavras-chave: Crise financeira, superacumulação, desigualdade.

Recibido 12/05/2026 Aprobado 22/06/2026

Introducción

La crisis financiera global de 2008 marcó un punto de inflexión crucial en la economía mundial, incluida la mexicana (CEPAL, 2009; Ruiz Nápoles, 2014). Más allá de sus efectos inmediatos en variables macroeconómicas como el PIB o el empleo, esta crisis puso en evidencia una falla estructural más profunda: la sobreacumulación de capital. Este fenómeno, definido como la acumulación excesiva de recursos que no encuentran canales rentables de inversión, se traduce en consecuencias sociales como desempleo, subutilización de capacidades productivas y aumento de la desigualdad (Frank, 2007; Petras, 2013).

En el caso mexicano, la crisis de 2008 reveló las debilidades de un modelo económico que, si bien había mostrado cierta estabilidad en años anteriores, enfrentó severas tensiones en sus mecanismos de inversión, producción y distribución de la riqueza. Durante los sexenios posteriores —especialmente los de Enrique Peña Nieto (2012–2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018–2024)— se implementaron políticas públicas orientadas a mitigar los efectos de la desigualdad y a promover la redistribución, aunque los resultados fueron heterogéneos y en muchos casos temporales (CIDSE, 2009; Esquivel & Hernández Trillo, 2017).

El análisis de la concentración y desaceleración del capital en tiempos de crisis permite comprender cómo las grandes corporaciones lograron fortalecer su posición dominante, mientras que pequeñas y medianas empresas desaparecieron, intensificando la formación de monopolios y oligopolios. Asimismo, sectores estratégicos como telecomunicaciones y el sistema financiero mostraron resiliencia, lo que contribuyó a mantener la acumulación concentrada en manos de actores con poder económico (Moreno-Brid et al., 2019).

La evolución del coeficiente de Gini y la Curva de Lorenz durante este período ofrece evidencia empírica de las dinámicas de desigualdad en México. Si bien se registraron mejoras moderadas en la distribución del ingreso en los años inmediatamente posteriores a la crisis, estas fueron fácilmente reversibles, lo que sugiere que los avances en equidad estuvieron condicionados por factores coyunturales más que por transformaciones estructurales (CEPAL, 2021; Priego, 2024).

En este contexto, el presente trabajo tiene como objetivo analizar la crisis de sobreacumulación en México en el marco de la crisis financiera de 2008, evaluando cómo esta evidenció las contradicciones del modelo económico mexicano y cómo los gobiernos posteriores intentaron enfrentar sus efectos mediante políticas de redistribución y estrategias de justicia social.

Metodología

La metodología de esta investigación se sustenta en un enfoque mixto que combina análisis cualitativos y cuantitativos para comprender la crisis de sobreacumulación en México en el contexto de la crisis financiera de 2008 y sus efectos posteriores. Desde el plano cualitativo, se adopta un diseño analítico-comparativo que se centra en el estudio de los procesos de acumulación de capital durante y después de la crisis, contrastando los sexenios de Enrique Peña Nieto (2012–2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018–2024). En este análisis se consideran sus políticas económicas, sociales y fiscales, así como documentos oficiales, estudios académicos y reportes de organismos multilaterales como la CEPAL, la OCDE y la CIDSE, con el fin de identificar continuidades y rupturas en las estrategias de redistribución y en el papel del Estado frente a la concentración del capital. En el plano cuantitativo, se emplean indicadores como el coeficiente de Gini y la Curva de Lorenz, obtenidos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) del INEGI para el periodo 2012–2022, lo que permite medir y visualizar la evolución de la desigualdad del ingreso. El análisis estadístico descriptivo y comparativo de estos datos busca observar tendencias en la distribución del ingreso antes, durante y después de la crisis, así como en los gobiernos posteriores. En conjunto, el enfoque comparativo pretende identificar tanto las continuidades como las rupturas entre ambos gobiernos, prestando especial atención al papel de los sectores productivos, la distribución del ingreso y el impacto de las políticas redistributivas. El objetivo de esta metodología es evaluar si los cambios políticos posteriores a la crisis representaron una transformación estructural en la lógica de acumulación de capital, o si más bien se trató de ajustes dentro del mismo modelo neoliberal.

RESULTADOS Y DISCUSIÓN

Gráfica No. 1. Coeficiente de Gini en México (2000-2012)

Fuente: elaboración propia con datos aplicados

Gráfica No. 2. Curva de Lorenz. Distribución del Ingreso en México

Fuente: elaboración propia con datos aplicados

La Gráfica No. 1 muestra la evolución del ingreso en México entre los años 2000 y 2012. Se observa una tendencia general a la baja, con una reducción significativa entre 2000 y 2006, seguida de una recuperación parcial y posteriormente una caída vinculada a la crisis inmobiliaria global de 2008. Este comportamiento refleja la vulnerabilidad de la economía mexicana frente a los ciclos internacionales y la dependencia de sectores expuestos a la volatilidad externa.

La Gráfica No. 2, correspondiente a la Curva de Lorenz, permite analizar la distribución del ingreso en dos momentos clave: 2008, justo antes del impacto más severo de la crisis, y 2010, en la fase inmediata posterior. Los datos provienen de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). En esta representación, la línea de 45 grados simboliza la igualdad perfecta, mientras que la distancia entre esta línea y la curva empírica indica el grado de desigualdad (Deaton, 1997; Esquivel & Hernández Trillo, 2017).

La comparación entre ambas curvas muestra que la de 2010 se aproxima ligeramente a la línea de igualdad respecto a la de 2008, lo que sugiere una leve mejora en la distribución del ingreso. Este resultado puede explicarse por dos factores principales:

• Una reducción proporcionalmente mayor en los ingresos de los sectores de mayores ganancias, derivada de la caída en utilidades empresariales y salarios elevados.

• La implementación de políticas sociales compensatorias en respuesta a la crisis, como transferencias gubernamentales y programas de apoyo a sectores vulnerables (CEPAL, 2009; Ruiz Nápoles, 2014).

No obstante, esta mejora fue moderada y temporal. La crisis redujo momentáneamente las brechas de ingreso, pero lo hizo a costa de una contracción generalizada de la economía y no de un cambio estructural en los mecanismos de redistribución. La evidencia sugiere que los avances en equidad durante este periodo estuvieron condicionados por factores coyunturales y fueron fácilmente reversibles en los años posteriores.

Crisis de sobreacumulación

En el contexto de la crisis financiera global de 2008, el problema central en México no fue la escasez de capital, sino su deficiente distribución. Se produjo una situación de sobreacumulación, caracterizada por una capacidad productiva excedente que no encontró una demanda agregada suficiente para absorberla. Esta desconexión entre producción potencial y consumo efectivo derivó en cierres de fábricas y despidos, aun cuando los recursos técnicos —maquinaria, insumos y fuerza laboral— estaban disponibles (Ruiz Nápoles, 2014).

La paradoja de la sobreacumulación se refleja en que, pese a contar con capital y trabajadores listos para operar, la producción no se activó por la falta de consumidores con capacidad adquisitiva. Este fenómeno estuvo vinculado al estancamiento de los salarios reales, que no crecieron al ritmo de la productividad, limitando el consumo de amplios sectores sociales (Frank, 2007). Al mismo tiempo, el mercado se saturó de bienes sin demanda efectiva, lo que paralizó la producción y profundizó el ciclo recesivo (Petras, 2013).

Consecuencias económicas

• Cierre de fábricas y desempleo: la contracción de la demanda obligó a reducir la producción y despedir trabajadores.

• Destrucción de capital: maquinaria, infraestructura e inmuebles quedaron subutilizados o abandonados.

• Mayor especulación financiera: los capitales se desplazaron hacia activos seguros o especulativos en lugar de inversión productiva.

• Presión hacia el Estado: se incrementó la demanda de intervención pública para mitigar los efectos sociales y económicos.

Patrones recurrentes en la crisis

La dinámica observada en las Gráficas No. 1 y No. 2 se explica por patrones recurrentes en la acumulación de capital durante las crisis:

• Caída en la rentabilidad y en la inversión: las empresas redujeron inversiones en producción ante menores expectativas de ganancia, generando un efecto dominó en sectores clave (Ruiz Nápoles, 2014; Jiménez, 2017). La incertidumbre macroeconómica y los problemas financieros globales provocaron desconfianza en inversionistas nacionales y extranjeros, quienes postergaron o cancelaron proyectos. Las reformas estructurales posteriores no lograron revertir esta tendencia de manera inmediata (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CEPAL, 2009). En muchos casos, el capital se desplazó hacia sectores especulativos, reduciendo la inversión productiva y acentuando el estancamiento económico (Petras, 2013).

• Aumento del desempleo y reducción de salarios: uno de los efectos más visibles fue la pérdida masiva de empleos. En 2009, México perdió más de un millón de empleos formales, especialmente en manufactura, construcción y servicios. Las empresas, al enfrentar menores ingresos, recurrieron a recortes de personal para reducir costos (Ruiz Nápoles, 2014). Esto generó precarización laboral: muchos trabajadores se desplazaron al sector informal sin seguridad social ni derechos, mientras que quienes conservaron su empleo sufrieron reducciones de horas o salarios. El deterioro del poder adquisitivo contrajo el consumo interno y afectó la recaudación fiscal (CEPAL, 2021). Aunque el gobierno implementó programas de apoyo temporal, estos fueron insuficientes para detener el deterioro. La recuperación del mercado laboral fue lenta y en muchos casos los niveles previos de empleo y salarios tardaron años en restablecerse (CIDSE, 2009).

Crisis financiera y restricciones de crédito

En el marco de la crisis global de 2008, el sistema financiero mexicano enfrentó restricciones de crédito, aunque no colapsó como en otros países. Los bancos nacionales, más capitalizados que en 1995, endurecieron las condiciones para otorgar préstamos, lo que afectó especialmente a las PYMEs y a los consumidores. El acceso al financiamiento se volvió más difícil, obligando a muchas empresas pequeñas y medianas a reducir producción o cerrar operaciones ante la falta de liquidez. Este fenómeno aceleró el deterioro del empleo y de la actividad económica (Ruiz Nápoles, 2014).

La fuerte devaluación del peso frente al dólar agravó la situación. Entre octubre de 2008 y marzo de 2009, el peso cayó más de 40%, encareciendo las importaciones y aumentando los costos financieros de las empresas endeudadas en moneda extranjera. Aunque el Banco de México implementó medidas para estabilizar la moneda y asegurar liquidez, la percepción de riesgo se mantuvo elevada. Los bancos priorizaron mantener balances sanos antes que reactivar el crédito, lo que limitó la efectividad de las políticas de recuperación (Jiménez, 2017; Esquivel & Hernández Trillo, 2017). Como resultado, muchas empresas no lograron sostenerse financieramente y se declararon en quiebra, especialmente en sectores sensibles como construcción, automotriz y comercio minorista.

Este proceso derivó en una ola de fusiones y adquisiciones. Grandes corporativos con mayor solidez financiera aprovecharon para adquirir activos de empresas quebradas a precios bajos, incrementando su cuota de mercado y capacidad de producción (CIDSE, 2009). La concentración redujo la competencia en sectores clave y fortaleció posiciones dominantes, lo que favoreció prácticas monopólicas u oligopólicas en el mediano plazo, afectando tanto a consumidores como a nuevos emprendedores. Además, la reducción en la diversidad empresarial limitó la innovación y la resiliencia del mercado interno (Ramírez, 2024). La recuperación postcrisis mostró que los sectores más concentrados fueron también los que más rápidamente lograron expandirse, reforzando el ciclo de acumulación desigual (Petras, 2013; Frank, 2007).

Impacto global

La crisis de 2008 tuvo un efecto dominó en la economía mundial, y México no fue la excepción. La interdependencia con Estados Unidos afectó directamente al sector exportador, provocando una caída del comercio exterior y de las remesas. El turismo también se vio golpeado, tanto por la crisis global como por la pandemia de gripe A (H1N1) en 2009, reduciendo ingresos en destinos clave y afectando a millones de trabajadores.

México enfrentó además un contexto de alta volatilidad financiera internacional: la fuga de capitales hacia refugios seguros y la caída de los precios de materias primas impactaron las inversiones y las finanzas públicas. Aunque se intentaron acciones coordinadas entre países —como la flexibilización monetaria y los paquetes de estímulo—, la recuperación fue desigual. Los países con mayores recursos y soberanía monetaria salieron antes de la crisis, mientras México dependió de la estabilidad externa y de una recuperación lenta y parcial de su economía (CEPAL, 2009; Moreno-Brid et al., 2019).

Resultados comparativos y concentración de la riqueza

En conjunto, los indicadores analizados —coeficiente de Gini y Curva de Lorenz— muestran que la crisis de 2008-2009 tuvo un efecto ligeramente igualador en la distribución de ingresos, pero no modificó las bases estructurales de la desigualdad. La riqueza permaneció altamente concentrada en las élites económicas de sectores clave como telecomunicaciones, finanzas y manufacturas, y la recuperación posterior continuó beneficiando de manera desproporcionada a estos grupos. La acumulación desigual de capital se refleja en que, incluso tras la crisis, el 1% más rico de la población mexicana obtenía ingresos decenas de veces mayores que el decil más pobre y poseía una fracción aún más amplia de la riqueza total (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CIDSE, 2009).

En palabras de la CEPAL, lograr una reducción significativa de la desigualdad requiere cambios estructurales profundos, ya que las mejoras coyunturales no han implicado un reparto más equitativo de los activos productivos ni de las ganancias del capital (CEPAL, 2021). Los datos de México durante la crisis ilustran cómo, sin políticas redistributivas de mayor alcance, las crisis por sí solas no revierten la concentración de la riqueza, apenas la moderan temporalmente.

Comparativa de los sexenios de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador

Durante los sexenios de Enrique Peña Nieto (2012–2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018–2024) se implementaron estrategias distintas que impactaron la acumulación de capital y la distribución del ingreso en México.

• Inversión extranjera directa (IED): Peña Nieto impulsó reformas estructurales que atrajeron aproximadamente 75,496 millones de dólares en IED, mientras que bajo López Obrador la cifra fue menor, alcanzando cerca de 59,738 millones de dólares (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CEPAL, 2021).

• Crecimiento económico: el PIB promedio anual fue de 2.4% durante el sexenio de Peña Nieto, frente a un promedio de 0.8% bajo López Obrador (Ruiz Nápoles, 2014).

• Salario mínimo: en el ámbito social, el salario mínimo tuvo un incremento acumulado de alrededor del 15% en términos reales durante Peña Nieto, mientras que bajo López Obrador el aumento fue superior al 60% en términos reales.

• Remesas: durante el sexenio de López Obrador, las remesas alcanzaron cifras récord, con un crecimiento mensual promedio superior al observado en el periodo de Peña Nieto (CEPAL, 2021).

La comparación evidencia que, aunque la crisis de 2008-2009 generó un efecto igualador temporal en la distribución del ingreso, la estructura de acumulación desigual se mantuvo intacta. Los sexenios posteriores reflejan dos enfoques distintos: uno orientado a la atracción de inversión extranjera y otro hacia la mejora del ingreso laboral y el fortalecimiento del consumo interno. Sin embargo, ambos muestran que sin transformaciones estructurales profundas, la concentración de la riqueza persiste y las mejoras en equidad tienden a ser coyunturales.

En términos de pobreza, la administración de Andrés Manuel López Obrador logró una reducción de la pobreza multidimensional en varios estados, aunque persisten desafíos significativos en materia de desigualdad y acceso a servicios básicos (CIDSE, 2009; Jiménez, 2017). En contraste, el sexenio de Enrique Peña Nieto se caracterizó por la implementación de reformas estructurales que atrajeron inversión extranjera directa, pero también enfrentó un aumento notable en la deuda pública y una devaluación significativa del peso. Por su parte, el gobierno de López Obrador mostró avances en la apreciación del peso, incrementos sustanciales en el salario mínimo y récords en remesas, aunque con un crecimiento económico más modesto y también con un aumento en la deuda pública (Esquivel & Hernández Trillo, 2017).

En cuanto a la desigualdad medida por el Coeficiente de Gini, durante el sexenio de Peña Nieto (2012–2018) se observó una ligera tendencia a la baja, pasando de 0.441 en 2012 a 0.446 en 2018. En contraste, durante el sexenio de López Obrador (2018–2024), el indicador continuó disminuyendo, alcanzando 0.426 en 2022. Este descenso sugiere una reducción más pronunciada en la desigualdad de ingresos bajo la administración de AMLO, lo que refleja el impacto de políticas redistributivas más agresivas, como el aumento del salario mínimo y la expansión de programas sociales (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CEPAL, 2021).

La comparación entre ambos sexenios muestra dos enfoques distintos:

• Peña Nieto apostó por reformas estructurales y atracción de inversión extranjera, pero enfrentó problemas de deuda y volatilidad cambiaria.

• López Obrador priorizó políticas redistributivas, con aumentos significativos en el salario mínimo y récords en remesas, aunque con un crecimiento económico más bajo y persistencia de retos fiscales.

Los indicadores de desigualdad sugieren que, si bien ambos gobiernos lograron avances en la reducción del Coeficiente de Gini, el impacto fue más marcado durante el sexenio de López Obrador. Sin embargo, como advierte la CEPAL (2021), las mejoras coyunturales no son suficientes para transformar las bases estructurales de la desigualdad en México, que siguen ligadas a la concentración de activos productivos y de capital en sectores dominantes.

Tabla No.1. Coeficiente de Gini

Año

Coeficiente de Gini

2012

0.441

2014

0.446

2016

0.446

2018

0.446

2020

0.434

2022

0.426

Fuente: elaboración propia con datos del INEGI.

Gráfico del Coeficiente de Gini (2012–2022): se muestra la evolución de la desigualdad de ingresos. Se observa una ligera tendencia a la baja, con una caída más marcada durante el sexenio de AMLO.

Gráfica No. 3. Coeficiente de Gini. 2012-2022

Fuente: elaboración propia con datos aplicados

Curva de Lorenz para 2012, 2018 y 2022: en la Gráfica 3 se refleja cómo la distribución del ingreso se volvió ligeramente más equitativa, con la curva acercándose a la línea de igualdad perfecta a lo largo del tiempo.

Gráfica 4. Curva de Lorenz.

Fuente: elaboración propia con datos aplicados

En esta Gráfica 4 se presenta la comparación de la distribución del ingreso en México para los años 2012, 2018 y 2022. A lo largo de estos años, se observa que las curvas se acercan progresivamente a la línea diagonal de 45°, que representa una distribución completamente equitativa del ingreso. Esta convergencia indica una leve pero constante mejora en la equidad distributiva durante el periodo analizado (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CEPAL, 2021).

Específicamente, la curva correspondiente a 2022 se encuentra más próxima a la línea de igualdad perfecta que las curvas de años anteriores, lo que refleja una reducción en la concentración del ingreso. Esta tendencia puede atribuirse, entre otros factores, a políticas de aumento del salario mínimo, expansión de programas sociales y cambios en las transferencias públicas dirigidos a los hogares de menores ingresos (CIDSE, 2009; Ruiz Nápoles, 2014).

No obstante, a pesar de esta mejora relativa, las curvas siguen mostrando una desviación significativa respecto a la línea de igualdad, lo cual evidencia que la desigualdad estructural persiste. La brecha entre los deciles más bajos y más altos de ingreso aún es considerable, lo que sugiere que las reformas implementadas han tenido efectos parciales, pero no han resuelto los desequilibrios de fondo en la distribución del ingreso (Frank, 2007; Jiménez, 2017).

En este sentido, la Curva de Lorenz no solo visualiza el avance hacia una mayor equidad, sino que también subraya la necesidad de profundizar en estrategias redistributivas de largo plazo para lograr un desarrollo verdaderamente inclusivo (Petras, 2013; CEPAL, 2021).

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012–2018), México vivió una apertura significativa al capital extranjero mediante reformas estructurales. La reforma energética permitió la participación privada y extranjera en hidrocarburos y electricidad, rompiendo con décadas de monopolio estatal, lo que atrajo inversión pero generó críticas por la pérdida de soberanía energética (Jiménez, 2017; Ruiz Nápoles, 2014). En telecomunicaciones se promovió la competencia, reduciendo la concentración de mercado. El sector automotriz y manufacturero recibió inversiones superiores a 10,000 millones de dólares en 2014, consolidando al país como un hub industrial. Además, se crearon Zonas Económicas Especiales en estados del sur con incentivos fiscales para atraer inversión y reducir disparidades regionales (Alva et al., 2026; Wong et al., 2025). Sin embargo, este modelo también implicó un aumento de la deuda pública y tensiones sociales derivadas de la apertura acelerada.

En contraste, el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (2018–2024) se caracterizó por una política de austeridad, reducción de salarios de altos funcionarios y eliminación de gastos superfluos. Se incrementó la inversión en programas sociales destinados a poblaciones vulnerables, buscando redistribuir el ingreso y fortalecer el consumo interno (CEPAL, 2021; CIDSE, 2009). El Estado recuperó protagonismo en sectores estratégicos: la compra de 13 plantas eléctricas a Iberdrola por 1,490 millones de dólares permitió que la CFE aumentara su participación en la generación eléctrica a más del 50% (Ruiz Nápoles, 2014; Jiménez, 2017). Se impulsaron grandes proyectos de infraestructura como el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CEPAL, 2021; Esquivel & Hernández Trillo, 2017). Estas iniciativas buscaron detonar el desarrollo regional y fortalecer la autosuficiencia energética, aunque también generaron tensiones con sectores empresariales por temas fiscales y regulatorios.

Los indicadores muestran que, tras la crisis de 2008, México enfrentó un fenómeno de sobreacumulación de capital: existía capacidad productiva y recursos, pero la demanda agregada era insuficiente, lo que reprimió la inversión y benefició desproporcionadamente a los tenedores de capital (Gil, 2025). En términos de desigualdad, aunque el Coeficiente de Gini disminuyó de 0.446 en 2018 a 0.426 en 2022, la concentración de riqueza en el 1% más rico se mantuvo elevada (Esquivel & Hernández Trillo, 2017; CEPAL, 2021). Las curvas de Lorenz de 2018 y 2022 se acercaron a la línea de igualdad, pero permanecen lejos de ella, mostrando mejoras superficiales y confirmando que la desigualdad estructural sigue siendo profunda (Boyer, 2025).

La comparación entre ambos sexenios revela enfoques opuestos: Peña Nieto priorizó la atracción de inversión extranjera mediante reformas estructurales, mientras que López Obrador impulsó la intervención estatal y la expansión del gasto social. Aunque el Gini disminuyó más notablemente bajo AMLO, el bajo crecimiento económico evidencia que la redistribución por sí sola no sustituye a la inversión productiva. Se requiere un enfoque equilibrado que combine apoyo social con incentivos a la innovación y la infraestructura (Neria & Jaramillo, 2025).

Los avances en equidad reflejados en los indicadores son alentadores, pero insuficientes para modificar las bases estructurales de la desigualdad. México enfrenta el reto de transformar estas mejoras coyunturales en cambios profundos en la fiscalidad, el mercado laboral y la protección social. Sin reformas integrales, el riesgo de retroceder a niveles previos de concentración de riqueza sigue siendo elevado (CEPAL, 2022; Méndez-Navarro & de Jesús Ávila-Sánchez, 2024).

CONCLUSIONES

La crisis financiera de 2008 puso en evidencia una serie de fallas estructurales en el modelo económico mexicano, especialmente relacionadas con la acumulación y distribución del capital. A pesar de que el Coeficiente de Gini mostró una leve disminución durante la década posterior a la crisis, los datos indican que la desigualdad no se redujo de manera estructural. Las élites económicas recuperaron rápidamente sus posiciones, lo que refleja que las crisis, por sí solas, no generan una redistribución efectiva del ingreso ni alteran significativamente los patrones históricos de concentración de la riqueza.

La evidencia también nos dice que la acumulación desigual de capital no solo se sostiene, sino que se agudiza durante los periodos de crisis, consolidando la posición de los grandes grupos económicos mediante mecanismos como la especulación financiera, la adquisición de activos depreciados y el aprovechamiento de mercados debilitados. Lejos de representar una ruptura, la crisis de 2008 operó como un momento de reorganización del capital en beneficio de los sectores más poderosos, reproduciendo las condiciones de desigualdad que caracterizan al capitalismo periférico mexicano.

Si bien los gobiernos de EPN y AMLO aplicaron estrategias distintas —uno apostando por reformas estructurales orientadas al mercado y otro por un Estado más activo en la redistribución social—, los resultados no fueron suficientes para modificar las bases materiales de la desigualdad. En ambos casos, las políticas públicas enfrentaron límites estructurales que impidieron una transformación profunda del sistema económico.

La evolución de la Curva de Lorenz durante este periodo muestra una mejora relativa en la equidad, pero esta permanece lejos de la igualdad perfecta, lo que sugiere que los avances logrados son parciales y vulnerables a retrocesos. La persistencia de estas brechas evidencia la necesidad de implementar reformas estructurales de mayor alcance, orientadas a democratizar el acceso a los medios de producción, ampliar la progresividad fiscal y garantizar una distribución equitativa de las ganancias del capital.

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