e-issn 2227-6513 santiago, 168, 2026
Artículo de Investigación
Estructura económica y costos sociales del periodo colonial en Huamanga (1812 y 1824): un análisis desde la perspectiva económica
Economic structure and social costs of the colonial period in Huamanga (1812 and 1824): an analysis from the economic perspective
Estrutura econômica e custos sociais do período colonial em Huamanga (1812 e 1824): uma análise sob a perspectiva econômica
Paulo Rossi Banda Sulca, https://orcid.org/0009-0006-2447-2872
Escuela de Posgrado internacional: Universidad César Vallejo, Lima, Perú
Autor para correspondencia: pbanda@ucvvirtual.edu.pe
resumen
Este estudio analiza los costos sociales de la independencia en Huamanga, centrándose en las implicaciones económicas, sociales y políticas para sus habitantes. El objetivo es identificar la afectación del conflicto y las políticas coloniales en diversos grupos sociales, en particular a la población indígena, a través de impuestos, trabajo forzado y desintegración comunitaria. Bajo una metodología cualitativa con técnicas de revisión documental y entrevistas a expertos se ofrece una perspectiva contemporánea sobre el impacto social y económico de este periodo. Los resultados indican que la economía de Huamanga se sustentaba en la agricultura, el comercio y la manufactura, con una estructura social jerarquizada que intensificaba la explotación de los grupos indígenas. Durante la guerra, la movilización y las demandas militares llevaron al abandono de tierras y desintegración familiar. Se concluye que la independencia desestabilizó la economía y la estructura social de Huamanga, aumentando las tensiones raciales y socioeconómicas y generando un ambiente de desigualdad y despojo que afectó especialmente a los sectores vulnerables, cuyas secuelas de lucha por justicia persisten en la memoria histórica de la población.
Palabras clave: Costos sociales; independencia; economía; desigualdad; Huamanga.
abstract
This study analyzes the social costs of independence in Huamanga, focusing on the economic, social, and political implications for its inhabitants. The objective is to identify the impact of the conflict and colonial policies on various social groups, particularly the indigenous population, through taxes, forced labor, and community disintegration. Using a qualitative methodology with documentary review techniques and expert interviews, it offers a contemporary perspective on the social and economic impact of this period. The results indicate that Huamanga’s economy was based on agriculture, trade, and manufacturing, with a hierarchical social structure that intensified the exploitation of indigenous groups. During the war, mobilization and military demands led to land abandonment and family disintegration. It is concluded that independence destabilized Huamanga’s economy and social structure, increasing racial and socioeconomic tensions and generating an environment of inequality and dispossession that especially affected vulnerable sectors, whose struggles for justice persist in the historical memory of the population.
Keywords: Social costs; independence; economy; inequality; Huamanga.
Resumo
Este estudo analisa os custos sociais da independência em Huamanga, concentrando-se nas implicações econômicas, sociais e políticas para seus habitantes. O objetivo é identificar o impacto do conflito e das políticas coloniais em diversos grupos sociais, em particular na população indígena, por meio de impostos, trabalho forçado e desintegração comunitária. Com uma metodologia qualitativa baseada em revisão documental e entrevistas com especialistas, oferece uma perspectiva contemporânea sobre o impacto social e econômico desse período. Os resultados indicam que a economia de Huamanga se sustentava na agricultura, no comércio e na manufatura, com uma estrutura social hierarquizada que intensificava a exploração dos grupos indígenas. Durante a guerra, a mobilização e as demandas militares levaram ao abandono de terras e à desintegração familiar. Conclui-se que a independência desestabilizou a economia e a estrutura social de Huamanga, aumentando as tensões raciais e socioeconômicas e gerando um ambiente de desigualdade e espoliação que afetou especialmente os setores vulneráveis, cujas lutas por justiça persistem na memória histórica da população.
Palavras-chave: Custos sociais; independência; economia; desigualdade; Huamanga.
Recibido 21/07/2026 Aprobado 3/08/2026
Introducción
La estructura económica y los costos sociales en Huamanga durante el período colonial tardío, especialmente entre 1812 y 1824, configuraron un contexto complejo marcado por la lucha por la independencia y sus consecuencias en la vida cotidiana de la población. Este estudio se inscribe en la línea de investigaciones regionales que buscan romper con la visión centralista de la historiografía tradicional peruana.
El análisis plantea preguntas fundamentales: ¿Cómo fue la estructura económica de Huamanga en el período colonial, particularmente entre 1812 y 1824? ¿Y cómo impactaron en la dinámica social local? A través de estas interrogantes, este trabajo busca esclarecer cómo los esfuerzos de independencia afectaron tanto a las élites locales como a las comunidades indígenas, influyendo en la estructura económica y en las relaciones de poder regionales. Siguiendo una hipótesis central, se argumenta que las guerras independentistas generaron pérdidas significativas en recursos humanos, económicos y sociales, afectando haciendas, comunidades y actividades comerciales y manufactureras.
La lucha por la independencia en el Perú tuvo un costo económico y social significativo, afectando diversos aspectos de la estructura económica y las dinámicas sociales de las regiones, particularmente en Huamanga entre 1812 y 1824. Estudios como los de Carlos Contreras (2010) han subrayado que los costos de la independencia fueron especialmente elevados para el Perú debido a su papel como bastión de la contrarrevolución en América del Sur. Este autor describe cómo la prolongación de la guerra y las necesidades del conflicto requirieron un esfuerzo financiero monumental, afectando las arcas del virreinato y llevando a políticas de expropiación y reclutamiento que debilitaron sectores productivos y mineros, alteraron los mercados y redujeron la disponibilidad de mano de obra.
Investigadores como Cristina Mazzeo (2010, 2011) han documentado que el sector comercial fue uno de los más afectados por las exacciones y contribuciones forzosas impuestas tanto por las autoridades coloniales como por los nuevos gobiernos republicanos. Mientras que los grandes comerciantes de Lima lograron mantener su rol de financistas del estado colonial mediante donaciones y préstamos a los realistas, los comerciantes locales, endeudados y sin acceso a las mismas ventajas, se vieron descapitalizados y empobrecidos. En contraste, la apertura de los puertos durante la independencia facilitó la llegada de comerciantes extranjeros, quienes aprovecharon el caos económico para establecerse en el país y desplazar a muchos de los comerciantes locales, logrando una expansión en sus transacciones y beneficios comerciales.
El periodo de la independencia tuvo un profundo impacto en las estructuras económicas y sociales de diversas regiones del Perú, como Huamanga. Al igual que Cusco y la sierra central, estas zonas experimentaron los efectos devastadores de la guerra y de las políticas coloniales que buscaban sostener el poder realista en medio de una prolongada lucha insurgente. Estudios de autores como Charles Walker (2004) y Nelson Manrique (1987) han revelado cómo las exigencias militares de los ejércitos en conflicto —mediante expropiaciones, tributos y la requisición de bienes y mano de obra— deterioraron las actividades productivas y alteraron profundamente la economía local. En el caso de Cusco, la movilización masiva de población y recursos resultó en una grave crisis comercial y un debilitamiento de los vínculos económicos con otras regiones; mientras tanto, en la sierra central, la guerra facilitó una transformación estructural con efectos permanentes en el desarrollo de la región post independencia.
Huamanga vivió la independencia de manera intensa y particular, enfrentando transformaciones económicas y costos sociales que dejaron una huella significativa en su estructura colonial. Como señala Condori (2011), el proceso de independencia en el Perú estuvo atravesado por conflictos de intereses, regionalismos y luchas de poder que, en el caso de Huamanga, se tradujeron en un ambiente contestatario desde 1809, con actos de insurgencia y la llegada de facciones rebeldes en 1814. Estos factores hicieron de la región un escenario estratégico de la guerra, culminando en la decisiva Batalla de Ayacucho. Víctor Solier (1995), en su análisis de la demografía y sociedad huamanguina a inicios de la República, documenta el impacto económico de esta coyuntura: una economía interrumpida, con recursos humanos y materiales drásticamente mermados, confiscaciones de bienes y destrucción de infraestructura productiva, afectando la minería, los obrajes y las haciendas.
Sin embargo, como puntualiza Solier (1995), no todas las actividades sucumbieron a esta crisis. En medio del caos, sectores como los zapateros, tejedores y productores de alimentos básicos lograron mantener un nivel de producción constante, sostenidos por la demanda local y la presión del conflicto militar. Esto refleja la complejidad económica de Huamanga, donde algunos sectores lograron resistir el impacto y otros colapsaron ante la presión de la guerra y la escasez de recursos, una situación que, según Timothy Anna (1992), fue determinante para el avance de las fuerzas independentistas en la región. Este estudio propone, entonces, analizar la estructura económica de Huamanga y sus costos sociales desde una perspectiva jurídica y socioeconómica, abordando cómo las dinámicas de poder político y económico se vieron afectadas durante el proceso de emancipación y la manera en que la falta de recursos minó la resistencia colonial en este territorio clave para la independencia peruana.
Zapata et al. (2008) señalan que los ejércitos realista y patriota, a su paso por Ayacucho, necesitaron de alimentos, caballos y forraje; solucionaron sus necesidades apropiándose de los bienes de las haciendas u obligando a los hacendados a entregar víveres y dinero. Si éste se negaba, era deportado y su propiedad, confiscada. Esto ocurrió con el mencionado don Gaspar Carrillo de Albornoz, el Marqués de Feria y Valdelirios, a quien se le expropió su hacienda de Chupas por no colaborar con los patriotas. Bajo estas circunstancias, es lógico suponer que la crisis de las haciendas ocasionó escasez de alimentos, incremento del precio de los bienes agrícolas y desabastecimiento.
Las aseveraciones de Zapata et al. (2008), basadas en la revisión de los estudios realizados sobre la independencia en Huamanga, requieren matices: calificar en crisis la economía de Huamanga durante la coyuntura de la Independencia es, en rigor, discutible, puesto que la crisis es el "momento de inversión de la tendencia al alza" (Cardoso & Pérez, 1980, p. 227). Es más, las acciones armadas no solo afectaron o arruinaron la economía, sino también afectaron a la población misma, pues muchos fueron incorporados a formar parte de las tropas en contienda. Según Pereyra (2016), la participación de los indios en las filas armadas responde al "emprendimiento campesino" y consecuentemente murieron en los campos de batalla; otros migraron hacia otras partes, y ello también ocasionó dificultades para el ejercicio de autoridad, temas que aún no han sido estudiados en profundidad. Así, el estudio de la independencia necesita abordar los aspectos estructurales del régimen como también de la sociedad de aquel entonces, y de cómo se configura la coyuntura que va más allá de su manifestación político militar. Por ese lado, hay necesidad de seguir con la investigación del tema desde la región, que no necesariamente coincide con las perspectivas nacionales.
La independencia en Huamanga fue un proceso complejo que involucró transformaciones profundas en la economía y el tejido social de la región, generando una serie de costos materiales y humanos que merecen un análisis detallado. Zapata et al. (2008) destacan que la presencia de los ejércitos realista y patriota en Ayacucho llevó a la expropiación forzada de bienes y al desabastecimiento de alimentos, como ocurrió con la hacienda de don Gaspar Carrillo de Albornoz, confiscada por su falta de apoyo a la causa patriota. Además, la economía local sufrió interrupciones debido a la conscripción forzada y el aumento de precios agrícolas, mientras que ciertos grupos, como los morochucos de Cangallo, aprovecharon el contexto para imponer sus propias agendas políticas y económicas, mostrando la variabilidad de intereses en juego y su impacto en las relaciones de poder y las jerarquías sociales de la región.
El contexto de guerra trajo consigo, además, una alteración significativa de los circuitos comerciales, afectando a campesinos, productores de coca, artesanos y comerciantes, quienes se vieron perjudicados por la interrupción del comercio entre Huamanga y otras zonas productivas como Huancayo y Lima. Esto no solo limitó la oferta local, sino que impuso cambios en la estructura de consumo de los mercados regionales. La historiografía señala que estas tensiones no solo minaron las haciendas y la economía, sino que modificaron el equilibrio de poder, dificultando el ejercicio de autoridad y empujando a sectores locales a colaborar con una u otra causa (Igue, 2008; Rojas, 1995).
Metodología
Para llevar a cabo este análisis sobre los costos sociales de la independencia en Huamanga, se utilizaron diversas fuentes históricas que permitieron construir un marco teórico sólido y fundamentado. En primer lugar, se accedió al Archivo Regional de Ayacucho, donde se encontraron documentos primarios que ofrecieron información sobre la estructura económica y social de la región durante el periodo de la independencia. Este archivo contenía actas, cartas y otros registros que documentaban las dinámicas de la población y las condiciones de vida, permitiendo una comprensión más profunda de los cambios que ocurrieron en esta coyuntura histórica.
Adicionalmente, se revisaron estudios previos a nivel regional y nacional que proporcionaron un contexto comparativo. Se tomó como referencia el trabajo de Carlos Contreras (2010) sobre el impacto económico de la independencia en el Perú, y el estudio de José Condori (2011) sobre la economía en Arequipa durante este mismo periodo. Estos estudios no solo ofrecieron datos cuantitativos relevantes, sino que también brindaron un marco interpretativo que permitió identificar similitudes y diferencias en las experiencias de distintas regiones, en especial en Huamanga.
La recopilación de datos se realizó a través de un enfoque cualitativo que permitió explorar las narrativas y testimonios históricos. Se seleccionaron documentos clave del Archivo Regional que reflejaron las diversas experiencias vividas por los diferentes grupos sociales en Huamanga, incluyendo indígenas, mestizos y criollos. Esta revisión documental fue fundamental para analizar cómo las decisiones políticas y las confrontaciones militares impactaron de manera diferenciada en las distintas comunidades, contribuyendo a la construcción de un panorama integral de la época.
Para complementar la información obtenida de las fuentes primarias y estudios previos, se llevaron a cabo entrevistas con historiadores y expertos en la historia regional. Estas entrevistas permitieron obtener perspectivas contemporáneas sobre los efectos de la independencia en Huamanga, así como reflexiones sobre las implicaciones de estos costos sociales en la memoria colectiva de la región. La triangulación de datos de fuentes primarias, estudios previos y testimonios de expertos enriqueció el análisis y proporcionó una visión más completa del fenómeno estudiado.
El análisis de los datos se llevó a cabo de manera sistemática, organizando la información recolectada en categorías temáticas que permitieron identificar los costos sociales, económicos y políticos derivados de la independencia. Se prestó especial atención a las dinámicas de migración, las pérdidas demográficas y la reconfiguración de las estructuras de poder local. A través de esta categorización, se buscó evidenciar las transformaciones en la vida cotidiana de los habitantes de Huamanga y cómo estas se relacionaron con los cambios más amplios que ocurrían en el contexto nacional.
Se elaboró un informe que sintetizó los hallazgos del estudio, destacando la particularidad de la experiencia huamanguina en el marco de la independencia peruana. Este informe incluyó no solo un análisis de los costos sociales y económicos, sino también recomendaciones sobre la importancia de recordar y reflexionar sobre estas experiencias históricas en la construcción de una identidad regional y nacional. Se espera que los resultados de esta investigación contribuyeran al entendimiento de cómo la independencia afectó a Huamanga y sirvieran como base para futuras investigaciones en el área.
Resultados y Discusión
Periodo colonial: la estructura económica de Huamanga
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la economía de la Intendencia de Huamanga se sustentaba en tres sectores principales: agricultura, comercio y manufactura. La producción agrícola se desarrollaba tanto en las haciendas como en las comunidades, adaptándose a las características ecológicas de cada zona y a la demanda del mercado. En las áreas de puna, como Parinacochas y Lucanas, las haciendas y comunidades se enfocaban en la crianza de ganado vacuno, ovino y equino, cuyos productos eran comercializados en centros urbanos y mineros, o utilizados para el transporte.
En Vilcashuamán, Huamanga y Andahuaylas, la cantidad de haciendas aumentaba, y para la segunda década del siglo XIX se registraron en Huamanga 24 haciendas y 31 huertas, según el censo de Carratalá (citado en Ruiz, 1990). Vilcashuamán contaba, desde el siglo XVIII, con haciendas cañaverales sobre el río Pampas, y para 1804 el intendente O'Higgins confirmó la existencia de haciendas azucareras destacadas, como Ninabamba, Ayrabamba y Muyuq (De Ulloa & Jorge Juan, 1826). Estas producciones de caña de azúcar y frutas permitían la fabricación de aguardiente y chancaca, distribuidos en ciudades, comunidades y minas, como Huancavelica.
Las haciendas medianas y pequeñas rodeaban Huamanga y, en 1823, se documentaron cerca de la ciudad 40 haciendas, 8 molinos y 23 huertas que abastecían de alimentos básicos y forraje (Urrutia, 2014). En las áreas quechua y de puna, las haciendas producían granos, forraje y ganado para comercializar en ciudades y minas. El trigo, por su alta demanda para la producción de pan, era uno de los principales cultivos. La lana de ovino, producida en las estancias de la puna, abastecía los obrajes textiles de la región, mientras que la carne era destinada al consumo en Huamanga.
Hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, la economía del partido de Huanta, en la región de Huamanga, se basaba en una robusta producción agrícola, especialmente en el cultivo de coca. Para 1771, existían en Huanta alrededor de 27 haciendas, y, según Cosme Bueno, en el siglo XVIII se exportaron unas 8,000 arrobas de coca hacia Huancavelica (citado en Urrutia, 2014). Hipólito Unanue también reportó que, entre 1785 y 1789, el valle del río Apurímac produjo 62,680 arrobas y Anco 2,424 arrobas, lo que evidencia la relevancia de esta actividad para la economía regional (Pereyra, 2016). En 1804, el intendente O'Higgins observó que, en las fronteras de Anco y Huanta, más de 700 haciendas cocaleras se encontraban en tierras comunales sin títulos oficiales, beneficiándose tanto terratenientes como comunidades e indígenas que trabajaban en estas tierras (De Ulloa & Jorge Juan, 1826). La coca producida se comercializaba en centros mineros, talleres y ciudades como Huancayo y Andahuaylas, generando ingresos a través de impuestos coloniales sobre su venta.
Según Sala i Vila (2011), entre 1810 1814 y 1820 1823, la producción de coca se mantuvo dinámica, principalmente en manos de pequeños y medianos agricultores, impulsada por la demanda minera y textil. Sin embargo, las grandes haciendas atravesaron una crisis, ya que sus dueños se vieron endeudados y sus tierras perdieron valor debido a la falta de mano de obra y la dependencia de los obrajes textiles.
En el sur, Cangallo estaba dominada por comunidades indígenas que, junto a algunas haciendas medianas, producían lana, carne y productos agrícolas, los cuales intercambiaban con poblaciones de los valles. Estas comunidades laneras, en lugares como Lucanas y Puquio, establecieron relaciones comerciales con la costa, mientras que la minería en San Juan de Lucanas y otras áreas generaba empleos (Gonzales et al., 1995).
La mano de obra indígena en las haciendas era fundamental y se organizaba tanto en yanaconas como en asalariados. Además, los obrajes y talleres se beneficiaban indirectamente de los tributos y diezmos impuestos sobre los indígenas, quienes vendían su fuerza de trabajo para cumplir con estas obligaciones. El informe de O'Higgins detalla la miseria en que vivían las comunidades indígenas, sometidas a una presión tributaria y al abuso de los poderes locales y religiosos, lo que provocaba tensiones y, en algunos casos, reacciones de resistencia indígena (De Ulloa & Jorge Juan, 1826; Salas, 1998).
En la época colonial, Huamanga destacó como un centro textil importante, con una notable producción de tocuyos y bayetas en sus talleres urbanos. Sin embargo, hacia fines del siglo XVIII, la industria textil enfrentó una crisis debido a la competencia de mercancías importadas, conocidas como "efectos de Europa y Asia", que llegaban a través del contrabando y afectaban tanto la producción como el comercio local. A pesar de ello, en los primeros años del siglo XIX, Huamanga se consolidó como un centro exportador hacia Cerro de Pasco, donde en 1801 se vendieron 120,000 varas de textiles, y en 1809 esta cifra aumentó a más de 700,000 varas. La próspera demanda de Cerro de Pasco y otros destinos como Lima, Ica y Copiapó impulsaron esta actividad, generando transacciones que superaron el millón de reales anuales (Urrutia, 2014). Esta demanda decayó después de 1809 debido a la baja en la producción minera, la relajación en el control colonial y la introducción de productos textiles extranjeros, especialmente ingleses.
El comercio de Huamanga no solo se limitaba a textiles, sino que incluía productos como badanas, suelas y cordobanes, que se exportaban junto a panadería y productos agrícolas de las haciendas locales. La ciudad mantenía importantes vínculos comerciales con regiones como Ica, Huancavelica, Pasco, Cusco y Lima, gracias a comerciantes y arrieros que recorrían largas rutas para distribuir productos y abastecerse de artículos importados, conocidos como "efectos de Castilla", entre ellos papel, licores, hierro y armas, provistos por el Tribunal del Consulado de Lima, monopolio de influyentes comerciantes españoles hasta 1820 (Urrutia, 2014).
Las principales rutas comerciales partían de Huamanga hacia Andahuaylas, Palpa, el valle del Mantaro, Lima y San Juan de Lucanas, fortaleciendo los lazos económicos con otras regiones e impulsando el desarrollo de la ciudad como centro de abastecimiento de bienes y servicios. Aunque la decadencia de Huancavelica impactó la demanda de textiles, la expansión de Cerro de Pasco compensó esta pérdida y promovió el comercio huamanguino, que exportaba textiles y otros productos a esta región minera (Urrutia, 1983, 1987). Durante 1784 1798, Huamanga exportó 20,000 varas de textiles, cifra que creció hasta las 700,000 varas entre 1800 y 1809, aunque luego disminuyó en 1820 debido a las dificultades políticas y sociales de la época.
El comercio dependía en gran parte de los arrieros, quienes transportaban bienes a lo largo de caminos que conectaban Huamanga con grandes centros de consumo como Huancayo y Jauja. Las ferias religiosas también servían como escenarios de intercambio comercial, incrementando la demanda de productos locales. La población rural, aunque dispersa, contribuía a la economía a través de impuestos y obligaciones asociadas a estas festividades. El transporte era sencillo, pero se encontraba bien organizado en barrios de Huamanga dedicados a esta actividad, con rutas que conectaban Huamanga con Huancavelica, el valle del Mantaro, Cusco y hasta el Alto Perú, permitiendo la integración de Huamanga en un amplio circuito comercial (Urrutia, 2014).
Durante el periodo colonial, Huamanga se destacó como un centro de gran actividad comercial y manufacturera, impulsada por ferias y festividades religiosas que, como señala Urrutia (1987), congregaban a numerosos peregrinos y comerciantes. Estas ferias, especialmente la Semana Santa en Huamanga y la celebración de la Virgen de Cocharcas en Andahuaylas, se convertían en grandes mercados donde circulaban diversos productos, promoviendo la economía regional.
El sector manufacturero era fundamental en Huamanga, con actividades que transformaban materias primas y que incluían los obrajes textiles, panaderías, curtiembres, y trabajos en cuero y platería. Estos oficios, desarrollados por familias y barrios como Tenería y San Juan Bautista, definían la identidad local y representaban una amplia red productiva y comercial. Según documentos de la época, la economía de Huamanga dependía en gran medida de la industria y agricultura, con manufacturas de lana, algodón y cuero que se vendían en ciudades cercanas y lejanas, como Cusco y Lima (Gonzales et al., 1995).
A diferencia de las grandes haciendas, que representaban el poder y los privilegios de la élite española, criolla e incluso de la Iglesia, las actividades artesanales integraban a toda la población, sin distinción de clase, origen o género. Estas actividades ocupaban a personas de diversos grupos sociales, incluyendo españoles, mestizos, indígenas, esclavos, mujeres, ancianos y niños, y contribuían al comercio interno y externo, diversificando la economía local.
La estructura económica regional dependía de las haciendas, complementada por propiedades medianas y comunales. Las haciendas representaban no solo centros de producción, sino también de poder, ya que en ellas se consolidaban relaciones de dependencia y explotación hacia los indígenas. Sin embargo, la producción de las haciendas, junto con la de los artesanos, permitía la integración de Huamanga en el comercio regional, aprovechando su ubicación estratégica cerca de centros mineros y otras ciudades importantes. La economía de Huamanga, entonces, se configuraba a partir de sus interacciones comerciales y de los grupos de poder que, respaldados por el sistema colonial, controlaban los medios de producción y definían su desarrollo económico (Rojas, 1995; Urrutia, 2014).
Durante el periodo colonial, la estructura económica de Huamanga se sustentaba en un sistema productivo compuesto principalmente por haciendas, comunidades y diversas actividades manufactureras. Estos productos eran transportados y comercializados en diferentes mercados locales e interregionales, movilizados por arrieros y comerciantes. Las haciendas no solo eran centros de producción, sino que representaban una base de poder para sus dueños, quienes en su mayoría pertenecían a la aristocracia terrateniente (españoles, criollos y la Iglesia). Estas propiedades les proporcionaban reconocimiento social y control sobre las tierras y poblaciones indígenas, quienes solían tener un acceso limitado a las tierras productivas.
Con el inicio de la Guerra de Independencia en el Perú, en la segunda década del siglo XIX, muchas haciendas se vieron afectadas al ser saqueadas por ambos bandos militares. Los ejércitos cruzaban estas propiedades, llevándose alimentos, animales de carga e incluso forzando a los esclavos a unirse a sus filas (Armas, 2011). Este impacto también se evidenció en Huamanga, región que se convirtió en un escenario relevante de lucha. Las haciendas al norte de Huamanga, de tamaño mediano y pequeño, se dedicaban al cultivo de productos de primera necesidad y la crianza de animales, abasteciendo a los mercados urbanos cercanos. Con el estallido de la guerra, sin embargo, muchas de estas propiedades fueron destruidas e incendiadas, transformándose en símbolos de poder colonial que los insurgentes atacaban en un acto de venganza (Igue, 2008).
Los efectos económicos de la independencia en Huamanga se hicieron sentir en 1814, cuando los insurgentes cusqueños, liderados por Hurtado de Mendoza y respaldados por Gabriel Béjar y Mariano Angulo, invadieron la ciudad. Aunque los realistas recuperaron rápidamente el control de Huamanga, los insurgentes continuaron movilizándose con apoyo indígena por áreas rurales hasta 1815, cuando finalmente fueron derrotados en Matará. Este conflicto dio origen a una prolongada resistencia en la región liderada por los morochucos, quienes persistieron en sus acciones insurgentes durante años (Igue, 2008; Pozo, 1924).
Las haciendas ubicadas en los alrededores de Huamanga, Huanta, Cangallo y Andahuaylas fueron particularmente vulnerables, sufriendo saqueos y devastaciones al encontrarse en las rutas de desplazamiento militar. Los hacendados presentaron múltiples quejas por las pérdidas sufridas: José María Palomino, regidor del ayuntamiento, relató cómo su hacienda en Sachabamba fue saqueada y su ganado robado por los insurgentes debido a su lealtad al rey. Otro hacendado, el Coronel José Lucas Palomino de Mendieta, describió cómo sus propiedades quedaron despojadas de bienes, ganado y herramientas tras las incursiones insurgentes (Zapata et al., 2008).
Los vecinos de la ciudad también se vieron forzados a aportar provisiones y bienes para mantener a las tropas, tanto insurgentes como realistas. Justo Flores, teniente de milicias y propietario, reportó haber entregado suministros a los realistas para sostener sus esfuerzos (Zapata et al., 2008). Este periodo de guerra transformó profundamente la estructura económica y social de Huamanga, deteriorando los medios de producción y acentuando las tensiones entre los distintos sectores de poder en la región.
Tras la derrota de los insurgentes cusqueños, el conflicto se extendió en la zona con la aparición de los morochucos, quienes practicaron tácticas guerrilleras y bandolerismo en Vilcashuamán, Puquio, Lucanas y Andahuaylas. Estas acciones afectaron especialmente a las haciendas y estancias ganaderas, siendo los terrenos de Putacca, Millpo, Allpachaca y Sachabamba los más perjudicados por el robo de ganado. La merma de cabezas de ganado, indispensable para el sustento económico de sus propietarios, trajo consigo una escasez de recursos, lo que impactó los precios del ganado, que aumentaron de forma significativa debido tanto a la demanda de los ejércitos como a la escasez provocada por los saqueos (Igue, 2008).
El conflicto prolongado y la actuación de Los Morochucos profundizaron esta crisis. Su accionar incluyó la requisa de ganado como parte de su estrategia de resistencia, afectando especialmente a las estancias ganaderas situadas en sus áreas de influencia. Miguel García, jefe patriota del cuartel de Totos, informó en 1821 al estado mayor sobre las constantes incursiones de Los Morochucos, quienes continuaron afectando la estabilidad económica de la región mucho después de las primeras revueltas (Igue, 2008).
Durante el periodo colonial en Huamanga, el diezmo era un impuesto eclesiástico aplicado principalmente a los productores agrícolas que comercializaban bienes o cultivaban productos considerados valiosos, como la caña de azúcar. Este tributo reflejaba en parte el estado de la producción agrícola, ya que cualquier aumento en los ingresos del diezmo podía interpretarse como un indicador de crecimiento en la producción o de una mejora en la recaudación, como sugiere Contreras (2011). Sin embargo, este valor no era uniforme para todos los cultivos, dado que productos de alto valor, como la caña de azúcar, generaban ingresos superiores en comparación con otros cultivos básicos como el maíz o la papa.
Los diezmeros, o encargados de recaudar este impuesto, debían conocer a fondo las dinámicas de producción y las perspectivas de las cosechas. Esto les permitía evaluar si valía la pena participar en el remate público, un proceso mediante el cual compraban el derecho a recaudar el diezmo en una o más jurisdicciones. A menudo, las dificultades en el cobro alargaban el proceso durante meses, e incluso años, ya que los ingresos variaban considerablemente con las fluctuaciones en los precios de los productos. Por ejemplo, una cosecha abundante podía bajar los precios y reducir la recaudación, mientras que una mala cosecha producía escasez, afectando igualmente los ingresos eclesiásticos (Contreras, 2011).
En 1812, la comparación de los valores del diezmo entre diferentes regiones muestra una relación directa con la población y la producción. Huanta, con una gran población, también generaba un alto valor de diezmo. Sin embargo, en Lucanas, la población era considerable, pero el valor del diezmo era bajo, lo que indicaba un nivel de producción y riqueza mucho menor. Según el Intendente O'Higgins, la población indígena de Lucanas carecía de actividades comerciales e industriales y dependía principalmente de pequeñas parcelas agrícolas; algunos recurrían al trabajo en las minas de la capital para obtener ingresos (De Ulloa & Jorge Juan, 1826).
Entre los bienios de 1812 1813 y 1814 1815, el valor del diezmo se mantuvo estable. Sin embargo, desde 1816 en adelante, comenzó una disminución sostenida, que se intensificó drásticamente entre 1820 y 1824. Esto fue el resultado de saqueos, el abandono de haciendas y las dificultades comerciales agravadas por las guerras de independencia. En 1820, Antonio Cárdenas, un diezmero de Huamanga, informó a la Junta de Diezmos sobre su imposibilidad de cumplir con sus obligaciones debido a la paralización del comercio de coca causada por los conflictos y el cierre del paso entre Jauja y Huancayo por más de diez meses, afectando severamente el comercio (Contreras, 2011).
El periodo más crítico fue 1822 1823, cuando siete partidos experimentaron grandes bajas en los valores del diezmo, y cinco quedaron sin rematadores debido a la falta de postores, resultado de la intensificación de la lucha independentista y la represión realista. Pese a que Vilcashuamán fue escenario continuo de enfrentamientos con los morochucos y la represión de los realistas, el diezmo en esta región fue rematado, posiblemente por la efectividad en la recaudación, como sugiere Contreras (2011).
Durante el periodo colonial, los diezmos en Huamanga reflejaban la dinámica económica y social, especialmente en tiempos de conflicto. La producción agrícola, afectada por fenómenos naturales y la inestabilidad generada por las guerras de independencia, mostró una drástica caída en los valores de remate del diezmo en las provincias del sur en el bienio 1822 1823 y en las del norte entre 1824 y 1825. Estas variaciones indicaban tanto la vulnerabilidad del sistema de diezmos ante los disturbios sociales como las dificultades para su cobro, particularmente en regiones con conflictos como Vilcashuamán y Parinacochas. La plaga de langostas, los saqueos, y la destrucción de haciendas y cultivos a manos de insurgentes y bandoleros también contribuyeron a este deterioro económico (Contreras, 2015).
La guerra y los reclutamientos obligatorios redujeron la mano de obra agrícola, ya que indígenas y mestizos eran llevados a combatir, dejando desatendidas sus parcelas y reduciendo la producción local. Esta situación, exacerbada por el consumo de ganado y cosechas por las tropas y los saqueos, llevó a una profunda crisis en la región, la cual se refleja en las quejas y cartas de los residentes que describen tierras abandonadas, edificios en ruinas y escasez de alimentos. En 1826, la prefectura de Ayacucho solicitó al Ministerio de Hacienda la condonación de contribuciones, argumentando la grave situación económica, la falta de recursos y el impacto devastador de la guerra en la población y la economía local (Solier, 1995; Urrutia, 2014).
Durante el periodo colonial, la intendencia de Huamanga, con aproximadamente 115,230 habitantes, se consolidó como un centro clave de consumo y comercio, interconectado mediante rutas comerciales hacia la costa (Lima e Ica), el valle del Mantaro y Cerro de Pasco, así como hacia el sur (Vilcashuamán, Arequipa, Cusco, y el Alto Perú). Estas rutas facilitaban no solo el comercio sino también las festividades religiosas, que reunían a peregrinos y generaban mercados temporales de gran magnitud. La economía de Huamanga, ligada al abastecimiento de productos esenciales para las minas de Huancavelica, se adaptó a nuevas oportunidades comerciales con el auge de las minas de Cerro de Pasco, impulsando la demanda de textiles, coca y aguardiente de la región. Esta dinámica económica permitió el desarrollo de talleres artesanales y una diversificación de la producción agrícola destinada a mercados en Huancayo, Jauja y Lima (Urrutia, 2014).
Además, el comercio interregional estaba dominado por comerciantes de origen vasco y criollo, quienes concentraban el flujo de productos como tejidos, aguardiente, plata, y herramientas. El intercambio con Ica y Lima incluía aguardiente, vino y algodón, mientras que con Cusco se comercializaban textiles y azogue. Huamanga también mantenía conexiones con el norte del virreinato del Río de la Plata, de donde importaba mulas para el transporte, gestionadas a través de repartimientos forzosos que generaban ingresos significativos. A pesar de los desafíos y fluctuaciones en la demanda, Huamanga logró mantener su relevancia comercial en medio de los cambios y restricciones coloniales (Mazzeo, 2010, 2011).
Costos sociales: una mirada desde el derecho
A finales del siglo XVIII, la Intendencia de Huamanga contaba con una población heterogénea y jerarquizada, organizada según su origen, condición socioeconómica y cultura, con roles claramente definidos por la administración española. En 1791, se registraron 111,559 habitantes, de los cuales el 67% eran indios, el 27% mestizos, el 9% españoles, el 0.8% pardos, el 0.02% esclavos y el 0.27% pertenecían a otras categorías. En la tabla 1, se presentan los detalles de esta composición demográfica.
Tabla 1. Población de la Intendencia de Huamanga, 1791
|
Partidos |
Indios |
Mestizos |
Españoles |
Pardos |
Esclavos |
Otros |
Total |
|
Huamanga |
20,373 |
4,382 |
169 |
867 |
30 |
149 |
25,970 |
|
Lucanas |
12,700 |
2,076 |
862 |
60 |
– |
27 |
15,725 |
|
Parinacochas |
8,475 |
6,451 |
1,057 |
– |
– |
28 |
16,011 |
|
Cangallo |
10,011 |
2,363 |
62 |
7 |
– |
31 |
12,474 |
|
Huanta |
16,981 |
10,000 |
219 |
9 |
– |
48 |
27,337 |
|
Andahuaylas |
5,000 |
4,000 |
3,000 |
– |
– |
20 |
12,020 |
|
Anco |
1,744 |
269 |
9 |
– |
– |
– |
2,022 |
|
Total |
75,284 |
29,621 |
5,378 |
943 |
30 |
303 |
111,559 |
Fuente: Contreras (2010), Economía del periodo colonial tardío, t. 3, IEP-BCRP, p. 387.
Veinte años después, en 1812, la población total de la Intendencia de Huamanga experimentó un incremento del 3% (Tabla 2). Según Gootenberg (1995), este aumento se atribuye a que las inmunidades biológicas parecían haberse consolidado durante la era tardo colonial, a pesar de que la incidencia de enfermedades epidémicas no disminuyó drásticamente en el siglo XIX. A partir de las campañas de vacunación de 1805 1806, se reportaron avances modestos en la lucha contra las enfermedades tradicionales, pero también surgieron nuevos flagelos en los Andes, como la fiebre tifoidea y la fiebre amarilla en las áreas rurales, así como el cólera en las ciudades, lo que culminó en las pandemias serranas a finales de la década de 1850. Si bien es posible que las sequías y las epidemias esporádicas, como las que ocurrieron entre 1801 y 1805, hayan moderado el crecimiento poblacional tras 1800, los conflictos relacionados con la independencia provocaron múltiples calamidades, incluyendo dislocaciones económicas posteriores a 1810, bajas humanas directas, reclutamiento militar y migración política (Gootenberg, 1995).
Tabla 2. Población de la Intendencia de Huamanga, 1812
|
Partidos |
Indios |
Mestizos |
Españoles |
Pardos |
Esclavos |
Otros |
Total |
|
Huamanga |
21,367 |
4,382 |
169 |
867 |
30 |
149 |
26,964 |
|
Lucanas |
13,319 |
2,076 |
862 |
60 |
– |
27 |
16,344 |
|
Parinacochas |
8,888 |
6,451 |
1,057 |
– |
– |
28 |
16,424 |
|
Cangallo |
10,499 |
2,363 |
62 |
7 |
– |
31 |
12,962 |
|
Huanta |
17,809 |
10,080 |
219 |
9 |
– |
48 |
28,165 |
|
Andahuaylas |
5,244 |
4,000 |
3,000 |
– |
– |
20 |
12,264 |
|
Anco |
1,829 |
269 |
9 |
– |
– |
– |
2,107 |
|
Total |
78,955 |
29,621 |
5,378 |
943 |
30 |
303 |
115,230 |
Fuente: Contreras (2010), Economía del periodo colonial tardío, t. 3, IEP-BCRP, p. 392.
En las tablas analizadas, el sector indígena predominaba con un 69% de la población total en 1791, mientras que para 1812 su número solo había aumentado en un 4%. Por otro lado, las cifras de otros grupos sociales se mantuvieron sin cambios desde 1791, lo que sugiere una falta de actualización de los datos, ya que resulta improbable que en 20 años no haya variado la población de los sectores no indígenas. Según Lesevic (citado en Gootenberg, 1995), la tasa de crecimiento anual de la población en el virreinato peruano fue de apenas 0.32% entre 1795 y 1836, lo que evidencia un lento crecimiento demográfico.
Durante finales del siglo XVIII, Huamanga era la sede del gobierno político, militar y eclesiástico, y albergaba a una élite aristocrática compuesta por familias de noble linaje, como los marqueses de Valdelirios y los Carrillo Albornoz, entre otros. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XIX, muchas de estas familias desaparecieron, posiblemente debido a las dificultades económicas y sociales de la época. En su lugar, surgieron nuevas familias de origen peninsular y criollo, como los Ruiz de Ochoa y los Cabrera, que adquirieron visibilidad social y desempeñaron un papel importante en la vida de la ciudad gracias a su poder económico y su influencia en instituciones públicas (Rojas, 1995). Además, Huamanga albergaba una población heterogénea que incluía indígenas, mestizos y pardos, cuya diferencia se hizo evidente durante el proceso de independencia, reflejada en los pasquines de la sedición de Huamanga en 1812 (Eguiguren, 1935). Esto sugiere que la lucha por la independencia en la región no fue únicamente un conflicto político, sino que también tuvo matices raciales y étnicos, lo que intensificó la violencia y provocó un aumento de los costos sociales, como el descenso demográfico y el debilitamiento de la aristocracia.
En una queja presentada al Intendente de Huamanga en 1818, los vecinos de Andahuaylas denunciaban el impacto negativo que había tenido el reclutamiento de aproximadamente 1,400 hombres para el ejército realista, lo que provocó una notable disminución en la labranza de las tierras y una deserción de hogares. Esta situación era común en muchas áreas durante el periodo de la Independencia, donde las reclutas se llevaban a cabo principalmente en zonas rurales. En contraste, la población urbana, preocupada por sus intereses, optó por migrar, especialmente aquellos vinculados al antiguo régimen. Según Igue (2008), la presencia de soldados patriotas en Huamanga fortaleció la causa independentista, dando lugar a la formación de guerrillas que involucraron a la población civil y generaron nuevos escenarios de conflicto.
La participación de la población de Huamanga en el proceso independentista se intensificó con la insurgencia de 1814. Manuel Pozo (1924) menciona que Hurtado de Mendoza llegó a la ciudad con un grupo considerable de hombres armados, entre los cuales había tanto indígenas como artesanos. Aunque la cifra reportada de 5,000 hombres que apoyaron a los insurgentes por García Camba (1846) es cuestionable, es indudable que muchos se unieron a la causa. Entre ellos, Mariano Ruiz relata su experiencia al ser víctima de confiscación de sus bienes por sus opiniones políticas (Ruiz, 1924). Al final de los enfrentamientos en Huanta, las bajas de los insurgentes fueron significativas, con reportes de hasta 1,000 muertes. Este conflicto dejó una fuerte huella en la población, donde mestizos e indígenas fueron predominantemente afectados, mientras que las fuerzas realistas llevaron a cabo acciones represivas que incluyeron incendios y ejecuciones, intensificando así la violencia y el sufrimiento en la región (García Camba, 1846; Pozo, 1924).
La derrota de los insurgentes de Cusco no trajo consigo la paz ni el orden deseados. Según Igue (2008), quedaron bandas armadas en la región, operando sin el control del Estado. El virrey Abascal, en su informe, indicó que después de 1814, toda la zona de Huamanga estaba insurreccionada, con un foco principal en los morochucos de Pampa Cangallo, quienes, entre 1815 y 1823, llevaron a cabo diversas acciones que desafiaron la autoridad española y generaron una crisis de poder, como señala Rojas (1995). El general español García Camba (1846) también observó que estos morochucos, desde 1815, se mantenían en constante insurrección, mostrando un carácter voluble que los llevaba a rebelarse al ver la llegada de soldados que se proclamaban libertadores.
La llegada de noticias sobre el restablecimiento de la constitución y el desembarco de San Martín en Huamanga y Cangallo avivó el fervor de los pobladores, especialmente en relación con la abolición de tributos. Esto llevó a una resistencia a pagar impuestos, dando inicio a un recrudecimiento de los conflictos desde noviembre de 1820, que se extendió hasta la batalla de Ayacucho. Durante su campaña hacia Huamanga, el general Arenales recibió el apoyo de indígenas de diversas localidades, lo que preocupó a las autoridades españolas. En respuesta, el virrey asignó al general Ricafort la tarea de perseguir y derrotar a los insurgentes (Igue, 2008).
Al ingresar a Huamanga, Ricafort tuvo que enfrentar un ataque de indígenas liderados por Landeo y Torres el 24 de noviembre de 1820. La desigualdad entre las tropas resultó en una masacre; la caballería realista atacó al débil ejército insurgente, dejando numerosos prisioneros que fueron perseguidos sin piedad (Pozo, 1924, p. 108). Posteriormente, Ricafort lanzó una ofensiva contra los morochucos en Chupasconga, donde se reportó la muerte de más de 1,000 indígenas, seguido de un saqueo de Cangallo, donde incendió la localidad (Pozo, 1924).
En una carta a su superior, Ricafort describió la escena en Chupasconga como una "cubierta de cadáveres", justificando la brutal represión como un medio para imponer respeto a las tropas. Durante las campañas de persecución, el capitán Seoane atacó con ferocidad, desatendiendo el fuego enemigo y llevando a cabo una carga de caballería que dispersó al enemigo, lo que podría haber resultado en la desaparición de la población de Cangallo (Vega Palomino, 1960, p. 64).
La noticia sobre las acciones del español Ricafort contra Los Morochucos llegó a Lima, informando que había ejecutado a 40 prisioneros capturados en una batalla. Según Paz (1971), las tropas realistas saquearon la capital de Cangallo durante 48 horas, incendiándola por primera vez antes de regresar a Huamanga el 8 de diciembre (Igue, 2008, p. 54). Sin embargo, otras fuentes reportan un número mucho menor de muertos. Marcelo Granados, un líder patriota, en un informe del 16 de diciembre de 1820, menciona que el sargento José Pérez Aldado le aseguró que Ricafort había matado a "más de cincuenta hombres y algunas mujeres" de los morochucos y a "cuarenta huantinos" que se habían unido a ellos. También indicó que había alrededor de 500 enemigos en las cercanías.
En Huamanga, Ricafort continuó con su persecución, reclutando también a los pobladores locales para aumentar sus fuerzas. En una carta dirigida a Francisco Paula Otero el 8 de diciembre de 1820, Granados informa que Ricafort contaba con aproximadamente 2,000 hombres, incluyendo muchos forzados y hasta colegiales. En una carta posterior, el 13 de diciembre, Granados indica que Ricafort había aumentado su tropa a 2,700 hombres, posiblemente por los reclutamientos anteriores, antes de retirarse hacia Cerro de Pasco (Igue, 2008).
A pesar de la violencia ejercida por Ricafort, los morochucos continuaron su resistencia. Igue (2008) señala que los patriotas mantenían una presencia en la región a través de guerrillas fuertemente arraigadas en la problemática local, lo que obligaba al ejército realista a aumentar su número para sofocar estas actividades. Esto se evidenció en un informe del patriota Francisco De La Tapia desde San Juan de Lucanas, fechado el 20 de septiembre de 1821, donde relata un enfrentamiento con los realistas en Acuchimay.
El virrey La Serna, ante la imposibilidad de someter a Los Morochucos, nombró a José Domingo Carratalá como intendente de Huamanga en 1821 con el objetivo de pacificar la región y erradicar a los rebeldes. Carratalá partió de Huamanga con 400 hombres para enfrentar a los morochucos y las guerrillas que operaban en la sierra. Intentó negociar con el caudillo Munarriz, pero fracasó, lo que lo llevó a proclamar amenazas y a atacar a los insurgentes en Cangallo el 17 de diciembre de 1821, resultando en una masacre de hombres y mujeres y el saqueo del pueblo (Igue, 2008; Vega Palomino, 1960).
La población de los partidos de Huamanga y Huanta experimentó una notable disminución hacia 1827, mientras que en Parinacochas y Andahuaylas se registró un aumento cercano al 100%. Este fenómeno puede atribuirse principalmente a la migración y el desplazamiento de la población, un aspecto que no es el foco de este estudio. Sin embargo, se explorarán algunas hipótesis sobre las causas de la disminución poblacional.
Las cifras de población son discutibles debido a los métodos de registro y las bases utilizadas por Kubler (citado en Gootenberg, 1995) para calcular la población tras la independencia. A pesar de esto, es evidente la reducción en la población. Según Bonilla (1987), Huamanga contaba con 99,539 habitantes en 1795 y 110,886 en 1850, lo que indica un estancamiento con una tasa de crecimiento del 0.1%.
La pregunta que surge es: ¿cuáles son las razones detrás de esta disminución? La respuesta radica en el contexto de la lucha por la independencia. Huamanga fue un escenario clave en estas luchas, donde las tropas, compuestas mayormente por los habitantes de las áreas afectadas, se desplazaron en diferentes momentos, lo que generó un costo demográfico significativo. Gootenberg (1995) sostiene que entre 1791 y 1836, el crecimiento demográfico fue modesto, alcanzando una tasa del 0.23%. Según los datos de tributarios de 1826 1830, Ayacucho tenía una población de 166,372. No hay evidencia que sugiera que el crecimiento poblacional se detuvo durante la última etapa colonial y los inicios de la república, ya que no se han documentado epidemias devastadoras. Personalmente, considero que la estimación de Gootenberg (1995) es demasiado alta para un período con tasas de crecimiento por debajo del 1%.
El 25 de agosto de 1812, el Intendente Interino Pruna envió un comunicado al Rey en el que relataba la situación de los vecinos de la ciudad, afectados por la aparición de pasquines que amenazaban a figuras vinculadas al poder hispano. Este clima de temor llevó a muchas personas a huir, abandonando a sus familias y debilitando el tejido familiar. La desconfianza creció, evidenciada por la transformación del otro en un potencial enemigo que podía causar daño (Eguiguren, 1935).
La desconfianza hacia los demás aumentaba, alimentada por eventos desconcertantes. Las amenazas y rumores contra los españoles y sus aliados distanciaron socialmente a los partidarios de la insurgencia, lo que afectó gravemente los lazos sociales y las pautas de convivencia. Las huidas, muertes y saqueos intensificaron las diferencias y la identificación del "otro" según su rol político, pertenencia étnica e identidad política. Es importante señalar que la desconfianza no solo existía hacia el grupo dominante, sino que también permeaba a los sectores populares, evidenciando una desconfianza mutua.
Cuando los insurgentes del Cusco ingresaron a Huamanga, se desataron actos de violencia significativa. En la catedral mayor, fueron asesinados el Capitán Moya, don Cosme de Echevarría y Manuel Tincopa, coronel leal al Rey. Sus cuerpos fueron colgados en la plaza, y la población celebró estos actos de violencia con desmesurado regocijo (Ruiz, 1924).
La versión española concuerda con esta descripción, señalando que todo el parque quedó bajo el control de González y que la derrota fue tan completa que dejaron libre el paso a la ciudad de Huamanga, después de haber cometido crímenes atroces contra sus habitantes. Se horrorizan ante la muerte del coronel Francisco Tincopa y el subdelegado Cosme Echevarría, cuyos cuerpos fueron desmembrados. Asimismo, el capitán Vicente Moya fue sacrilegamente arrastrado desde el sagrario donde se había refugiado (García Camba, 1846).
Durante la insurgencia de 1814, la fuente española estima que cerca de 1000 personas murieron, lo que afectó irremediablemente las relaciones sociales en las comunidades que se unieron a la insurgencia. El Coronel González, enfurecido, marchó con 240 hombres y un cañón hacia Chiara, que encontró desierta y redujo a cenizas. Persiguió a los insurgentes durante más de siete leguas, despojándolos de los puntos Ricamachay, Atuntócto y Atuahúara, con la pérdida de cerca de 300 hombres de los 4000 que formaban este grupo, lo que dejó a los rebeldes aterrorizados y favoreció la causa real (García Camba, 1846).
Los episodios de violencia perpetrados por las fuerzas españolas intensificaron la división social, afectando los lazos familiares y comunitarios. Por ejemplo, Carratalá reportó la devastación de Cangallo y el exterminio de su población, mientras que los castigos ejemplares buscaban disuadir la lealtad hacia los insurgentes. La violencia no solo distanció a los indígenas de los blancos, sino que también provocó un conflicto étnico, donde las diferencias físicas y políticas llevaron a ver al otro como una amenaza (Igue, 2008; Vega Palomino, 1960).
La migración se convirtió en un grave problema social, con elites coloniales que, sintiéndose amenazadas, se vieron obligadas a huir, abandonando familias y bienes. La salida de peninsulares y criollos, que comenzó notablemente hacia 1812, evidenció el clima de inestabilidad y peligro. Eguiguren (1935) señala que, con la publicación de amenazas en pasquines, muchos vecinos europeos ocultaron sus posesiones o emigraron.
El regreso del intendente Demetrio O'Higgins trajo algo de calma, aunque varios influyentes, como el Obispo de Huamanga, Pedro Martínez de Cos, se exiliaron y no regresaron. Hacia finales del siglo XVIII, muchas familias de noble linaje ya no estaban presentes en Huamanga, y nuevas familias de origen peninsular y criollo comenzaron a surgir. La migración de notables debilitó el poder local, especialmente entre los peninsulares, afectando la dinámica de poder en la región antes de la batalla de Ayacucho (Rojas, 1995; Urrutia, 2014).
Conclusiones
La economía de Huamanga durante el periodo colonial, caracterizada por su desarrollo agrícola, comercial y manufacturero, mostró una compleja interrelación entre la producción local y la estructura social. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, la diversificación en cultivos como la coca y el trigo, junto con la crianza de ganado, permitió abastecer a centros urbanos y mineros. Sin embargo, la explotación de la mano de obra indígena y la presión tributaria reflejaron tensiones sociales significativas. El sistema del diezmo evidenció la vulnerabilidad económica ante fenómenos naturales y conflictos, especialmente durante las guerras de independencia. A pesar de estas adversidades, Huamanga se consolidó como un punto clave de comercio interregional, manteniendo conexiones vitales con otros centros del virreinato.
La situación en la Intendencia de Huamanga a finales del siglo XVIII y principios del XIX ilustra cómo los costos sociales se entrelazan con cuestiones de derecho y justicia en un contexto de crisis. La heterogeneidad poblacional, marcada por la jerarquización étnica y socioeconómica, revela cómo las tensiones raciales y políticas durante el proceso de independencia no solo generaron desastres humanos, sino que también desestabilizaron la estructura social y familiar. La movilización forzada para la guerra, junto con la violencia sistemática contra comunidades indígenas y el impacto de epidemias y sequías, desnudan la fragilidad de los lazos comunitarios y la injusticia sufrida por los grupos más vulnerables. El debilitamiento de la aristocracia y la migración de elites acentúan la desigualdad y la polarización, reflejando la lucha por el poder y la búsqueda de reconocimiento y derechos en un marco donde la violencia y el despojo prevalecieron. Este contexto invita a reflexionar sobre las implicaciones de estas dinámicas en la justicia y los derechos de las comunidades indígenas, cuyas luchas por la equidad persisten en la historia contemporánea.
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Conflicto de interés: El autor declara no tener conflictos de interés.
Declaración de contribución de autoría:
El autor trabajó en la totalidad del artículo y da fe de la originalidad del mismo.